El pasado 18 de abril de 2026, el presidente Donald Trump, el secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr., y el podcaster Joe Rogan posaron juntos en el Despacho Oval. Una imagen que refleja el inesperado papel de Rogan en la definición de políticas sanitarias nacionales.
La visita de Rogan no fue casual. El presentador de podcasts había enviado un mensaje al presidente Trump proponiendo el uso de psicodélicos como tratamiento para enfermedades mentales, como la depresión o el trastorno de estrés postraumático (TEPT). La respuesta del mandatario fue inmediata: «Suena bien. ¿Quieres que la FDA lo apruebe? Hagámoslo ya», según declaró Rogan.
Lo que parecía una anécdota se convirtió en un hecho histórico. Mehmet Oz, responsable de los programas Medicare y Medicaid, confirmó que el mensaje de Rogan desencadenó una semana de reuniones aceleradas en el Departamento de Salud, culminando con la firma de una orden ejecutiva.
El papel de Rogan y Kennedy en la decisión
Trump reconoció públicamente la influencia de ambos en la medida.
«Le dije a Bobby [Kennedy]: ‘Vamos a hacerlo, involucremos a Oz y se hará rápido’. Y lo lograron», declaró el presidente.
La orden ejecutiva ordena al Departamento de Salud destinar más fondos a la investigación con psicodélicos y pide a la DEA (Agencia Antidroga) actualizar sus directrices para facilitar su uso terapéutico. Aunque existe consenso sobre el potencial de estas sustancias en tratamientos innovadores, algunos expertos cuestionan los métodos empleados.
Críticas por acelerar procesos regulatorios
El aspecto más controvertido de la orden es la instrucción a la FDA para que otorgue vouchers de prioridad a fabricantes de psicodélicos, agilizando sus revisiones. Este mecanismo, diseñado para fomentar la innovación, se percibe como un favor político.
Rachel Sachs, profesora de Derecho en la Universidad de Washington y experta en regulación farmacéutica, advierte:
«La situación plantea serias dudas sobre si el presidente está eludiendo los procesos científicos normales de la FDA, posiblemente para complacer a un influencer con peso político».
Además, se especula con que Trump podría beneficiar a empresas vinculadas a aliados como Peter Thiel, conocidas por su rápido crecimiento en el sector.
¿Un precedente peligroso?
Peter Lurie, presidente del Centro para la Ciencia en el Interés Público, matiza:
«Es legítimo que una administración priorice áreas de investigación, pero el método empleado aquí genera incertidumbre sobre la independencia de las agencias reguladoras».
La decisión refleja una tendencia creciente: la influencia de figuras mediáticas en políticas públicas. Rogan, con más de 16 millones de seguidores en Spotify, ha convertido temas como la salud mental y los psicodélicos en temas de debate nacional, presionando a las instituciones a actuar con rapidez.
Mientras los defensores celebran un avance en tratamientos innovadores, los escépticos alertan sobre los riesgos de politizar la ciencia. La pregunta sigue en el aire: ¿Hasta qué punto debe permitir la sociedad que las redes y los influencers moldeen las políticas sanitarias?