En Rogue One: Una historia de Star Wars, tras la muerte de los héroes en su misión, Darth Vader irrumpe para aniquilar a los rebeldes en una secuencia de 60 segundos. Con su sable de luz, la Fuerza y reflejos sobrehumanos, el Lord Sith demuestra su poder. Sin embargo, incluso en ese momento épico, Vader no infunde tanto miedo como el almirante Motti, interpretado por Richard LeParmentier en la primera película de la saga.

Aunque muchos no recuerden su nombre, todos conocen una de sus frases: «Esta estación es ahora el poder supremo del universo. Sugiero que la usemos». Motti, que termina estrangulado por Vader y destruido junto a la Estrella de la Muerte, encarna el mal más aterrador: un hombre común, sin poderes místicos, que justifica el exterminio masivo con indiferencia. Es uno de los muchos villanos anodinos del universo Star Wars: tipos grises, con acento británico, entradas de pelo pronunciadas y una frialdad ante el sufrimiento ajeno.

Estos burócratas —los verdaderos villanos de la saga— han perdido relevancia en la franquicia. En el Episodio IV, Darth Vader era un simple ejecutor al servicio del Gran Moff Tarkin. Su conexión con Obi-Wan Kenobi lo convertía en un problema para Luke Skywalker, pero incluso la princesa Leia lo comparaba con un perro atado: «Tarkin tiene a Vader con correa». No lo desprestigiaba; señalaba una verdad incómoda: Vader era un subordinado fanático, útil solo mientras cumpliera órdenes.

Personajes como Firmus Piett (Kenneth Colley), que pasa de oficial en El Imperio contraataca a almirante en El retorno del Jedi, mantuvieron viva la presencia de estos villanos funcionales. Sin embargo, la llegada del Emperador Palpatine cambió las reglas: un mago espacial con poderes sobrenaturales relegó a los burócratas a meros extras en una guerra entre hechiceros y sus aliados. Desde entonces, su papel quedó reducido al de soldados de asalto, figuras prescindibles en el conflicto cósmico.

Las precuelas intentaron rescatar su esencia con tramas burocráticas —negociaciones comerciales, cadenas de suministro interestelares y leyes galácticas—, pero siempre bajo la sombra de Palpatine, interpretado por Ian McDiarmid con una malevolencia casi caricaturesca. Los humanos anodinos que hacían el mal por oficio desaparecieron. Las secuelas tampoco acertaron: el general Hux, compañero de Kylo Ren, fue reducido a un fanático teatral, interpretado por Domhnall Gleeson con un histrionismo que lo alejaba del villano gris que el universo necesitaba.

Motti, Piett y otros como ellos representaban el mal accesible: hombres sin ambición desmedida ni poderes oscuros, solo cumplidores de órdenes que normalizaban la crueldad. Su ausencia ha empobrecido a Star Wars, donde ahora el conflicto se reduce a batallas entre titanes y sus seguidores. Quizá la saga olvidó que, en la vida real, los villanos más peligrosos no visten capas ni portan sables, sino trajes y carpetas repletas de firmas.