En plena crisis energética, la administración Trump está pagando a empresas para que no construyan más infraestructuras energéticas. Sí, ha leído bien. El Gobierno ha desembolsado casi 2.000 millones de dólares en acuerdos con desarrolladores para paralizar proyectos eólicos ya en marcha en estados como Nueva Jersey, Nueva York, Carolina del Norte y California. Estas instalaciones, que podrían haber generado electricidad para entre 3 y 4 millones de hogares, ahora quedan en el olvido.

Pero, ¿de dónde sale este dinero público? Y, sobre todo, ¿es legal? Las respuestas siguen sin estar claras, ni siquiera para los legisladores. Mientras algunas empresas reciben compensaciones millonarias por renunciar a sus proyectos, otras no han tenido la misma suerte: más de 150 parques eólicos y un megaproyecto solar en Nevada han sido cancelados o paralizados sin indemnización alguna. En total, podrían haber suministrado energía a unos 15 millones de viviendas.

Como titulaba Heatmap: «Trump está consiguiendo asesinar una industria estadounidense». Y las renovables no son su única víctima.

Un patrón de destrucción económica

El presidente no solo actúa con premeditación —como en el caso de los parques eólicos—, sino que también provoca daños colaterales. Empresas como Spirit Airlines, que cerró en 2024, son ejemplo de cómo su agenda económica —guerras comerciales, conflictos bélicos y políticas inflacionarias— debilita sectores enteros sin que medie una intención directa.

A poco más de un año de su segundo mandato, el panorama empresarial en EE.UU. es desolador. Las quiebras corporativas alcanzaron en 2024 su nivel más alto en más de una década. Bienvenidos al «Cementerio Corporativo del America First».

La agricultura, otra víctima del 'America First'

Trump presume de ser el salvador de los agricultores, pero los datos desmienten su relato. Las quiebras en el sector agrario aumentaron un 46% en 2025 respecto al año anterior, y las previsiones para 2026 son aún peores debido a la guerra en Irán.

Los agricultores estadounidenses ya han perdido mercados clave, como el de la soja, tras el boicot chino que redirigió sus compras a Brasil y Argentina. A esto se suman los mayores costes de insumos como el diésel, los fertilizantes y los tipos de interés elevados, impulsados en parte por las políticas inflacionarias de Trump. La combinación de estos factores ha reducido sus márgenes hasta límites insostenibles.

Las deportaciones masivas y la cancelación de programas de ayuda alimentaria —tanto nacionales como extranjeros— han agravado la situación. Aunque el Gobierno ha intentado rescates para paliar el daño causado por sus propias políticas, estos han resultado insuficientes para frenar la hemorragia.

Un legado de empresas desaparecidas

Desde aerolíneas hasta granjas, pasando por energías limpias, el rastro de Trump en la economía estadounidense es el de un «asesino en serie económico». Proyectos cancelados, empresas quebradas y sectores enteros al borde del colapso son el resultado de una agenda que prioriza el lema «America First» sobre la estabilidad y el crecimiento sostenible.