FIFA y el Mundial 2026: un circo con pies de barro

El Mundial de Fútbol es, sin duda, el espectáculo deportivo más lucrativo del mundo. Sin embargo, detrás de su brillo se esconde una organización que ha sido investigada por conspiración internacional, que exige trato de figura papal en visitas oficiales y que, durante décadas, ha sido financiada por dictaduras. Su mandato sobre el deporte más popular del planeta no es un servicio público, sino una fuente de poder y deportivización de la imagen (*sportswashing*).

Y lo más alarmante: incluso en su incompetencia institucional, logra ser irremediablemente serio. No hay espacio para la comedia en sus errores, porque tras el maquillaje y los disfraces se esconden realidades que superan con creces lo absurdo. Uno podría reírse por el shock, pero al instante recuerda los horrores que yacen bajo esa fachada.

¿Por qué boicotear el Mundial 2026?

Hay mil razones para rechazar el Mundial de 2026. Pero no es el momento de pedir un boicot. Ni siquiera de prometer que no lo disfrutaremos. Porque, seamos honestos: el fútbol es un genio del entretenimiento. Es la esencia del deporte —orgullo nacional, gloria eterna para los campeones— condensada en un flujo caótico y hermoso. Es el mayor espectáculo del mundo, el punto álgido de la carrera de cualquier jugador. Y, sin embargo, se pisotea como una cucaracha.

Lo disfrutaremos. Pero lo haremos a pesar de todo lo que está por venir. Y es en esa disonancia —entre el placer y el rechazo— donde el sufrimiento reemplaza a la celebración.

De Qatar 2022 a Norteamérica 2026: el mismo guion, pero peor

El Mundial de Qatar 2022 ya ostentaba el récord de polémicas previas al torneo, con una página de Wikipedia dedicada exclusivamente a enumerarlas: corrupción documentada, sobornos y secretismo extremo. Pero el de 2026 promete superar incluso ese despropósito. No será un secreto: será un espectáculo de hipocresía a plena luz.

Entre los ejemplos más flagrantes:

  • Donald Trump, rostro del Mundial: El expresidente estadounidense, ganador del cuestionado FIFA Peace Prize, será el personaje central del evento. Su estrecha relación con Gianni Infantino —presidente de FIFA— y su megalomanía compartida lo convierten en el mascota involuntaria de una competición que ignora sus políticas migratorias represivas.
  • Infantino y su culto a la personalidad: El dirigente exige ser tratado como el Papa durante sus visitas a países como Canadá, mientras su organización sigue manchada por escándalos de corrupción.
  • Dictaduras y *sportswashing*: El Mundial sigue siendo un escaparate para regímenes autoritarios que buscan lavar su imagen a través del deporte, a pesar de las violaciones de derechos humanos.

El Mundial como herramienta de poder y propaganda

«El Mundial no es solo un torneo. Es un negocio, un instrumento de influencia geopolítica y una cortina de humo para quienes lo organizan».

FIFA ha convertido el fútbol en un monopolio de poder, donde los intereses económicos y políticos eclipsan el espíritu deportivo. Los jugadores, los aficionados y hasta los países anfitriones son peones en un juego que trasciende lo deportivo. Y en 2026, ese juego promete ser más sucio que nunca.

¿Qué nos espera?

Mientras el mundo se prepara para disfrutar del espectáculo, los cimientos del Mundial 2026 ya están podridos. No habrá sorpresas: solo más de lo mismo. Más corrupción, más hipocresía, más *sportswashing*. Y, por supuesto, más dolor tras la fachada de alegría.

Porque al final, el Mundial no es solo un torneo. Es un recordatorio de que, en el deporte como en la política, el poder corrompe, y el fútbol paga el precio.

Fuente: SB Nation