La discusión sobre la automatización mediante inteligencia artificial (IA) y su impacto en el mercado laboral se centra, cada vez más, en el desplazamiento laboral: la eliminación de puestos de trabajo por nuevas tecnologías, supuestamente compensada con la creación de otros.
Sin embargo, la IA representa una amenaza sin precedentes. A diferencia de tecnologías anteriores, podría provocar un desempleo masivo de escala global. En economías de mercado, donde el empleo es la base de la supervivencia, millones de personas podrían quedar en una situación de vulnerabilidad extrema. Aunque el escenario exacto sigue siendo objeto de debate, los expertos coinciden en que, de materializarse, las consecuencias serían devastadoras: inestabilidad social generalizada.
El bienestar de la clase trabajadora en economías capitalistas depende casi exclusivamente de su empleo. Por ello, si la IA cumple su promesa de automatizar puestos de trabajo a gran escala, las condiciones para un descontento social profundo podrían consolidarse.
En Estados Unidos, la cuna del capitalismo más desregulado, el rechazo a la IA ya es palpable. Los centros de datos que alimentan esta revolución tecnológica son vistos con recelo, y un número sorprendente de trabajadores admite sabotear sistemas de IA en sus empresas. Según una encuesta, el 70% de los estadounidenses cree que la IA dificultará la búsqueda de empleo, una percepción agravada por un mercado laboral ya deprimido.
El vínculo entre IA y violencia política
Yannick Veilleux-Lepage, politólogo del Royal Military College de Canadá, analiza en un reciente estudio cómo la IA podría generar las condiciones estructurales para el estallido de violencia política. Según su investigación, el descontento surge de decisiones cada vez más antidemocráticas: imposición de centros de datos en comunidades sin consentimiento, vigilancia masiva por empresas privadas y subsidios millonarios a proyectos tecnológicos sin beneficios tangibles para la población.
«A medida que los ejecutivos de IA incrementan su seguridad personal, el riesgo se traslada a los investigadores en campus abiertos; cuando los campus corporativos se militarizan, el peligro recae en las subestaciones eléctricas que los abastecen; y cuando los líderes nacionales son inaccesibles, los responsables políticos locales que aprobaron los centros de datos se convierten en el blanco del mismo resentimiento estructural». — Yannick Veilleux-Lepage
Cambio de discurso en la industria tecnológica
Medios como The Atlantic señalan que los ejecutivos de IA están moderando su retórica catastrofista. Hace apenas un año, Sam Altman, CEO de OpenAI, afirmaba sin ambages que «los empleos desaparecerán, sin duda». Hoy, su tono es más cauteloso: «El pesimismo laboral probablemente esté equivocado a largo plazo», escribió en redes sociales.
¿Se debe este giro a que su mansión en San Francisco fue atacada con un cóctel molotov por un joven de 20 años, o a un cambio genuino de postura? Lo cierto es que el problema trasciende las declaraciones: la percepción pública ya no confía en las promesas de la industria.
Más allá de los discursos, los hechos revelan una realidad incómoda. Estudios recientes demuestran que reemplazar trabajadores con IA no siempre mejora la productividad, sino que puede generar efectos contraproducentes en el mercado laboral.