Tras dos semanas de testimonios en su contra, donde testigos lo describieron como un mentiroso y manipulador, Sam Altman, cofundador de OpenAI, compareció finalmente ante el jurado en un juicio que lo acusa de intentar destruir una organización benéfica vinculada a su empresa.
Durante su declaración, Altman adoptó un tono de inocencia herida, como si el proceso judicial fuera un malentendido. Su abogado, William Savitt, le preguntó cómo se sentía al ser acusado de "robar una ONG".
Altman respondió con ironía y sarcasmo: "Creamos, con mucho esfuerzo, esta enorme organización benéfica, y estoy de acuerdo en que no se puede robar. Aunque, según parece, el señor Musk intentó matarla… dos veces".
El tono de su intervención, que osciló entre la indignación fingida y la victimización, generó reacciones divididas entre los observadores. Algunos lo vieron como un intento desesperado por humanizar su imagen, mientras que otros lo interpretaron como una estrategia para deslegitimar las acusaciones.
Altman, conocido por su carisma en el mundo tecnológico, pareció encarnar el estereotipo del "chico bueno de San Luis" durante su testimonio. Sin embargo, su actuación no convenció a todos. Cuando abandonó el estrado con una pila de documentos que, según su equipo, respaldaban su versión, muchos en la sala dudaron de su autenticidad.
El juicio, que ha captado la atención de medios y expertos en tecnología, podría tener implicaciones no solo para Altman, sino también para el futuro de OpenAI y su relación con figuras como Elon Musk. Las acusaciones de sabotaje a la organización benéfica —que, según los demandantes, buscaba competir con proyectos de Musk— han añadido leña al fuego de una rivalidad ya tensa en el sector.
Mientras el jurado evalúa las pruebas presentadas, el testimonio de Altman deja más preguntas que respuestas. ¿Logrará su estrategia de defensa salvar su reputación? ¿O este juicio marcará el inicio del fin de su influencia en el mundo de la inteligencia artificial?