En enero, cumplí con mi promesa de instalar Linux en mi ordenador de sobremesa. No quería investigar antes ni lidiar con ajustes posteriores. Solo quería saber hasta dónde podía llegar usando Linux como sistema principal. Tres meses después, la respuesta es clara: no echo de menos Windows en absoluto.
Desde entonces, solo he arrancado Windows en dos ocasiones. La primera, para escanear un documento de varias páginas que no funcionaba correctamente en Linux. La segunda, para imprimir una foto para el colegio de mis hijos con extrema urgencia. Nada ha salido mal en estos meses, y esa es la razón por la que he tardado tanto en escribir estas líneas.
Lo que comenzó como una novedad pronto se convirtió en algo cotidiano. Linux ya no me parece un cambio radical, sino una herramienta estable y eficiente. No he tenido que perder tiempo en foros buscando soluciones ni en configuraciones complicadas. Todo ha funcionado como esperaba, y eso es lo más sorprendente.
Si estás pensando en dar el salto a Linux, este experimento demuestra que no necesitas ser un experto para disfrutar de sus ventajas. Solo necesitas curiosidad y ganas de probar algo diferente.