La palabra héroe no se usa a la ligera. Alex Zanardi lo fue. Y no hay debate posible. Zanardi, piloto de carreras, falleció la semana pasada. Este homenaje podría ser más breve, pero no lo será. No me arrepiento.
Permítanme explicar por qué. Cuando Zanardi compitió en la Fórmula 1 entre 1991 y 1994, y brevemente en 1999, su trayectoria fue irregular. No destacó por su consistencia, sino por decisiones cuestionables, mala suerte y equipos con los que nunca conectó. Pasó por Minardi, Tyrrell y Lotus, hasta que en 1992 parecía que su oportunidad había llegado con Jordan. Sin embargo, la llegada de Maurício Gugelmin con ocho millones de dólares lo dejó fuera del equipo.
Todo cambió en 1995, cuando Zanardi emigró a Estados Unidos para competir en la serie CART IndyCar. Chip Ganassi Racing lo probó en Homestead-Miami Speedway y, tras impresionarlos, le ofreció un contrato para toda la temporada 1996. Ganarse el título de Rookie del Año en su primer año no fue casualidad: ganó tres carreras, dominó en clasificación seis veces y terminó tercero en el campeonato. Pero su momento más recordado llegó en Laguna Seca. En la última vuelta, Zanardi adelantó a Bryan Herta cortando por la tierra, fuera del asfalto, para cruzar la meta en primera posición. Un movimiento arriesgado que, irónicamente, la CART prohibió poco después.
Su popularidad explotó. En 1997, Zanardi ganó cinco carreras y el campeonato. Al año siguiente, siete victorias y otro título. Con el equipo, el coche (un Reynard con motor Honda) y su estilo desenfadado, se convirtió en un referente. Tras las victorias, celebraba haciendo derrapes en círculos, una tradición que aún perdura en el automovilismo, similar al gesto de Dan Gurney al rociar champán en el podio.
En 1999, Zanardi firmó con Williams para volver a la Fórmula 1. Muchos fans estadounidenses lo apoyaron, aunque algunos recordaron que era italiano. En solo dos temporadas en la IndyCar, Estados Unidos lo había adoptado como propio. Aunque otros pilotos estadounidenses han llegado a la F1, Zanardi lo hizo tras triunfar en América, algo poco común.
Más allá de los títulos, Zanardi demostró una resiliencia excepcional. En 2001, sufrió un grave accidente en Lausitzring que le costó ambas piernas. Pero su espíritu no se quebró. Regresó a las pistas en categorías como el WTCC, compitiendo con prótesis. Su historia inspiró a millones, mostrando que la pasión y la determinación pueden superar cualquier obstáculo.
Zanardi no fue solo un piloto. Fue un ejemplo de superación, un competidor que dejó huella en cada categoría en la que participó. Su legado va más allá de los circuitos: es un recordatorio de que el verdadero heroísmo no está en ganar, sino en seguir adelante.