Una mujer pasa junto a maquetas de misiles iraníes en la plaza Valiasr de Teherán el 6 de abril de 2026. (Foto: Atta Kenare / AFP vía Getty Images)
En ocasiones, cuando los análisis sobre un conflicto comienzan a parecer demasiado simples o medibles, es útil recurrir a una perspectiva histórica. Carl von Clausewitz, el oficial prusiano del siglo XIX, sigue siendo una referencia imprescindible en teoría militar, incluso para entender conflictos del siglo XXI. Su obra maestra, De la guerra, sigue siendo estudiada por profesionales militares en todo el mundo, no por sus respuestas definitivas, sino por su advertencia sobre los límites de la guerra.
«Tenemos todas las cartas», declaró el presidente estadounidense el pasado fin de semana, añadiendo: «Si quieren hablar, solo tienen que llamar». Sin embargo, cuando la administración estadounidense analiza el conflicto con Irán, tiende a simplificarlo en cifras: misiles, lanzadores, barcos y nodos de mando. Se calcula cuántos efectivos de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) permanecen operativos. Aunque estos datos puedan parecer útiles, generan una ilusión peligrosa: la idea de que la guerra puede entenderse únicamente a través de números.
Clausewitz nos recuerda que el primer paso no es contar armas, sino identificar el centro de gravedad del adversario: la fuente de su poder. Para Irán, ese centro no es su arsenal militar, sino sus instituciones, especialmente la IRGC y el establishment clerical bajo el liderazgo del Guía Supremo. Estas estructuras no son meros instrumentos de poder; son la base del régimen. Controlan el país internamente, difunden su ideología y dirigen tanto la actividad militar como la económica.
En contraste con las democracias occidentales, donde el poder nacional depende de la opinión pública y la actividad económica, el sistema iraní permite concentrar autoridad y absorber golpes de manera sorprendentemente resiliente. Mientras que nuestro centro de gravedad podría ser nuestro ejército —el más poderoso del mundo—, su capacidad global lo hace vulnerable a la dispersión de recursos. Por ejemplo, destinar tres grupos de portaaviones a un solo conflicto debilita nuestra presencia en otras regiones.
Pero para Irán, nuestro punto débil no está en lo militar. Sus líderes saben que los estadounidenses son extremadamente sensibles a factores como el precio de la gasolina, las crisis económicas o las fluctuaciones del mercado bursátil. Aunque el pueblo iraní no tiene influencia sobre las decisiones de su gobierno, sus dirigentes entienden que estos aspectos son palancas clave para presionar a Occidente.
Entender el concepto de centro de gravedad es solo el primer paso. Para influir en él, hay que profundizar en cómo afectar a las instituciones que sostienen al régimen. La guerra no se gana solo con superioridad numérica, sino con una estrategia que trascienda los cálculos superficiales.