El pasado mes, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, firmó una orden ejecutiva con el objetivo de agilizar el acceso a sustancias psicodélicas para su uso en investigación clínica y tratamientos médicos. Este movimiento contó con el respaldo de figuras mediáticas como Joe Rogan y seguidores del movimiento MAHA (Multidisciplinary Association for Psychedelic Studies).
Aunque el consumo de alucinógenos —tanto naturales como sintéticos— se remonta a épocas ancestrales, estas sustancias han sido sistemáticamente estigmatizadas por la medicina convencional. Durante décadas, se les ha tachado de «drogas de discoteca», consideradas carentes de valor terapéutico o incluso peligrosas. Esta percepción ha perpetuado barreras en su investigación y aplicación clínica.
El legado histórico de la exclusión
La historia de los psicodélicos está profundamente entrelazada con comunidades racializadas y marginadas. Desde los rituales sagrados de pueblos indígenas hasta el uso recreativo en espacios urbanos segregados, estas sustancias han sido parte integral de culturas no occidentales. Sin embargo, su apropiación por parte de la medicina occidental ha ignorado sistemáticamente a quienes tradicionalmente las han utilizado.
Un ejemplo claro es el caso del peyote, una planta sagrada para los pueblos originarios de México y el suroeste de Estados Unidos. Durante años, su uso en ceremonias religiosas fue criminalizado, mientras que, en la actualidad, se investiga su potencial terapéutico en contextos clínicos dominados por intereses farmacéuticos y académicos.
¿Quién se beneficia de la revolución psicodélica?
La orden ejecutiva de Trump, aunque promueve avances científicos, no aborda las desigualdades estructurales que han dejado fuera a las comunidades de color. Expertos en salud pública señalan que, sin un enfoque inclusivo, estos tratamientos podrían convertirse en un lujo accesible solo para ciertos grupos demográficos.
«La revolución psicodélica corre el riesgo de repetir los errores del pasado», advierte la doctora Monnica Williams, psicóloga clínica y experta en salud mental de poblaciones marginadas. «Si no se garantiza la participación equitativa de todas las comunidades, seguiremos viendo cómo las innovaciones médicas benefician principalmente a quienes ya tienen privilegios».
El papel de la industria farmacéutica
Empresas como Compass Pathways y MindMed lideran la investigación en psicodélicos, con ensayos clínicos que prometen revolucionar el tratamiento de trastornos como la depresión y el TEPT. No obstante, el modelo de negocio actual prioriza patentes y beneficios económicos, dejando poco espacio para enfoques culturalmente sensibles o accesibles.
«El sistema está diseñado para que el conocimiento tradicional no sea reconocido, y los beneficios económicos se concentren en manos de unos pocos», explica Bia Labate, antropóloga y defensora de los derechos de los pueblos indígenas. «Esto perpetúa la explotación de saberes ancestrales sin retribuir a quienes los han preservado durante generaciones».
Hacia una revolución psicodélica inclusiva
Para que la revolución psicodélica sea verdaderamente transformadora, es esencial:
- Incluir a líderes y profesionales de comunidades racializadas en la investigación y desarrollo de tratamientos.
- Reconocer y compensar el conocimiento tradicional de los pueblos indígenas sobre estas sustancias.
- Garantizar que los avances terapéuticos sean accesibles y asequibles para todos los grupos sociales.
- Descolonizar la narrativa en torno a los psicodélicos, alejándose de estereotipos racistas y clasistas.
«La justicia social debe ser parte integral de esta revolución», subraya Williams. «De lo contrario, seguiremos repitiendo patrones de exclusión que han marcado la historia de la medicina».