Bélgica, uno de los países más dependientes de la energía nuclear en Europa, ha dado un giro radical a su política energética. El gobierno belga ha decidido nacionalizar su industria nuclear y detener el cierre de sus últimos dos reactores, revertiendo así la ley de 2003 que establecía la eliminación progresiva de la energía atómica en el país.
Hasta ahora, Bélgica generaba casi la mitad de su electricidad mediante fisión nuclear, ocupando el cuarto puesto mundial en dependencia de este tipo de energía. Sin embargo, desde 2022, el país ha cerrado cinco de sus siete reactores comerciales. La decisión de mantener activos los dos restantes —Doel 4 y Tihange 3— y nacionalizar la industria ha generado un intenso debate político.
El primer ministro belga, Bart De Wever, anunció en su perfil de X (antes Twitter) que el gobierno había alcanzado un acuerdo con Engie, la multinacional francesa propietaria de todas las centrales nucleares del país, para «iniciar los estudios necesarios para una Übernahme total de la industria nuclear belga».
«Este gobierno elige una energía segura, asequible y sostenible, con menos dependencia de las importaciones de combustibles fósiles y mayor control sobre nuestro suministro energético», declaró De Wever. La medida busca garantizar el suministro eléctrico en un contexto de creciente demanda y tensiones geopolíticas que afectan a los mercados energéticos.
Un cambio de rumbo inspirado en Francia
La estrategia belga no es única en Europa. Francia, líder mundial en generación nuclear, nacionalizó en 2023 a Électricité de France (EDF), en un movimiento similar para reforzar su flota de reactores. Recientemente, EDF anunció una inversión de 117 millones de dólares en una fábrica destinada a producir componentes para el nuevo reactor EPR2, su buque insignia tecnológico.
Canadá también se suma a esta tendencia. El gobierno canadiense presentó este mes un plan para desarrollar una estrategia nuclear nacional transformadora, centrada en su tecnología nativa CANDU y en el sector emergente de la minería de uranio.
El contexto energético global
La decisión de Bélgica llega en un momento crítico para el sector energético europeo. La guerra en Ucrania y las sanciones a Rusia han puesto de relieve la vulnerabilidad de los países dependientes de combustibles fósiles. Además, la transición hacia energías renovables avanza a distintos ritmos en el continente, donde algunos gobiernos priorizan la seguridad energética sobre los objetivos climáticos.
Mientras tanto, en Estados Unidos, proyectos solares como el Iron Spur Solar en Texas —con una capacidad de 140 megavatios— avanzan pese a los recortes en permisos y ayudas fiscales impulsados por la administración Trump. Este proyecto, financiado por la startup Energea, permite a los inversores adquirir participaciones en redes solares, asegurando el acceso a créditos fiscales antes de su eliminación en julio.
¿Qué implica la nacionalización para Bélgica?
La nacionalización de la industria nuclear belga supondrá un control estatal total sobre la generación de electricidad mediante fisión. Entre los beneficios esperados destacan:
- Mayor seguridad energética: Reducción de la dependencia de importaciones de gas y petróleo.
- Estabilidad en los precios: La energía nuclear es menos susceptible a la volatilidad de los mercados de combustibles fósiles.
- Transición controlada: Permite mantener la capacidad nuclear mientras se desarrollan alternativas renovables.
- Cumplimiento de objetivos climáticos: La energía nuclear emite bajas cantidades de CO₂, alineándose con los compromisos de descarbonización de la UE.
Sin embargo, la medida también enfrenta críticas. Los detractores argumentan que la energía nuclear genera residuos radiactivos de larga duración y que los costes de mantenimiento y desmantelamiento de las centrales son elevados. Además, el sector ha estado marcado por polémicas, como los fallos en los reactores de Tihange, que han generado protestas ciudadanas en el pasado.
Con esta decisión, Bélgica se posiciona como un ejemplo de cómo los países pueden combinar seguridad energética y transición ecológica, aunque el camino hacia un modelo 100% renovable sigue siendo incierto.