Hace sesenta años, el 16 de mayo de 1966, Mao Zedong publicó el Aviso del 16 de mayo, un documento que muchos historiadores consideran el pistoletazo de salida de la Gran Revolución Cultural Proletaria en China. Este período, marcado por la violencia política y la represión sistemática, fue interpretado de manera muy distinta fuera de sus fronteras.

Mao, en su lucha por eliminar rivales dentro del Partido Comunista chino, declaró a sus oponentes como contrarrevolucionarios y llamó a la población a rebelarse contra ellos. Los Guardias Rojos, jóvenes radicales, respondieron a su llamado con un movimiento caótico que derivó en purgas, ejecuciones y la destrucción de símbolos culturales considerados "reaccionarios". Las cifras de víctimas varían, pero se estima que cientos de miles —o incluso más de un millón— perdieron la vida en este proceso.

En Occidente, donde el contacto directo con China era mínimo, muchos observadores analizaron estos eventos a través de un prisma ideológico. Algunos, especialmente en la Nueva Izquierda, proyectaron sus propias aspiraciones políticas sobre lo que ocurría en el gigante asiático. No se trataba solo de la típica fascinación de los izquierdistas por las revoluciones socialistas, sino de una interpretación aún más peculiar: creían estar presenciando una rebelión anti-autoritaria liderada por Mao, un dirigente que, según ellos, desafiaba la burocracia y el centralismo.

El escritor y pensador Paul Berman analizó en su obra esta distorsión ideológica. Según él, la Nueva Izquierda se dividía en tres grandes corrientes: los marxistas tradicionales, los neo-marxistas y los libertarios inconsistentes. Estos últimos, aunque rechazaban cualquier forma de organización centralizada al estilo marxista-leninista, caían en la trampa de idealizar a líderes comunistas del Tercer Mundo, como Ho Chi Minh, como símbolos de liberación. La fascinación era especialmente intensa en el caso de China.

La idea de que la Revolución Cultural era, en cierto modo, un movimiento anarquista tuvo más seguidores de los que podría parecer:

  • David Dellinger, activista antibélico con raíces en el anarco-pacifismo, visitó China en 1967 y afirmó haber detectado "actitudes fuertemente libertarias" no solo en los Guardias Rojos, sino en la sociedad china en general.
  • El compositor John Cage, cercano al círculo de anarquistas individualistas de Spooner y Tucker, distribuía copias de un libro sobre ellos. Su pensamiento mezclaba el anarquismo con el futurismo de Buckminster Fuller, y durante un tiempo añadió a Mao a su lista de referentes, citando su interés juvenil por el anarquismo y su famosa frase: "Es justo rebelarse".
  • La biblia contracultural Whole Earth Catalog, dirigida por Stewart Brand, tenía un fuerte componente libertario. Sin embargo, en una de sus ediciones incluyó una sección que ensalzaba a la China de Mao como "uno de los grandes experimentos sociales y políticos de todos los tiempos". Brand llegó a declarar, tras leer Los desposeídos de Ursula K. Le Guin, que la novela le había hecho cambiar de opinión políticamente, acercándolo a las ideas de Kropotkin y Mao.
  • El anarquista británico Colin Ward también compartió esta visión contradictoria. En 1974, escribió sobre la Revolución Cultural como un fenómeno que, pese a su violencia, reflejaba un espíritu de autogestión y descentralización que él asociaba con el anarquismo.

Estas interpretaciones, sin embargo, ignoraban la realidad del régimen maoísta: un sistema basado en el culto a la personalidad, la represión masiva y el control absoluto del Estado. La fascinación de estos pensadores por Mao no era más que un ejemplo de cómo la ideología puede distorsionar la percepción de la historia.

Fuente: Reason