Hace cinco meses, el streamer Hasan Piker dedicó parte de su transmisión en directo en Twitch a leer en voz alta fragmentos de un ensayo de Vladimir Lenin, líder de la Revolución Rusa. Su elección no fue casual: se centró en El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo (1920), un texto donde el revolucionario ruso criticaba a los comunistas europeos por su rechazo a participar en parlamentos burgueses y sindicatos. Para Piker, era un ejemplo de cómo un líder de una revolución «exitosa» abogaba por trabajar dentro de las estructuras existentes.
Este gesto no sorprende en alguien que, en otras ocasiones, ha mostrado su admiración por Mao Zedong, ha lamentado que en EE.UU. «no se valore el comunismo» —«este es el país que derrotó a la URSS, por desgracia»— o ha llegado a afirmar, en línea con la narrativa de Vladimir Putin, que «la caída de la URSS fue una de las mayores catástrofes del siglo XX».
Pero el gusto por el comunismo —o, en la práctica, por el socialismo al estilo soviético— no es exclusivo de Piker. Desde principios de los años 2010, este discurso ha ganado terreno en espacios progresistas, donde apologías como Por qué estás equivocado sobre el comunismo: 7 grandes malentendidos (publicado en medios como Salon) comenzaron a circular. Estos textos suelen basarse en falacias lógicas para defender el sistema, omitiendo detalles incómodos.
En 2016, incluso The New Republic —antigua trinchera de halcones anticomunistas durante la Guerra Fría— publicó un artículo titulado ¿Quién le tiene miedo al comunismo?. Su autor, Malcolm Harris, ridiculizó a Hillary Clinton por su anticomunismo «anticuado», en parte por su apoyo a la OTAN, y ensalzó el papel del comunismo en la derrota del nazismo. Lo que no mencionó fueron pactos como el Molotov-Ribbentrop o la invasión conjunta de Polonia por la Alemania nazi y la URSS en septiembre de 1939.
Antes de que existiera Hasan Piker, podcasts de extrema izquierda como Chapo Trap House o Pod Damn America ya mezclaban provocación, crudeza y un antiamericanismo militante. En sus discursos, justificaban regímenes comunistas o antoccidentales alegando que, si estos cometieron crímenes, fue por la «guerra santa» que los capitalistas libraron contra las revoluciones socialistas.
En 2018, Teen Vogue —revista que entonces combinaba consejos de belleza con activismo político— celebró el bicentenario de Karl Marx con un artículo que ensalzaba su legado por haber «inspirado movimientos sociales en la Rusia soviética, China o Cuba». La frase «movimientos sociales» sirve aquí como eufemismo para gulags y campos de exterminio.
Ese mismo año, una encuesta de YouGov para la Victims of Communism Foundation reveló que, aunque solo el 15% de los estadounidenses tenía una opinión favorable del comunismo, la cifra se disparaba al 25% entre los jóvenes (millennials y Gen Z).
Un fenómeno con raíces históricas
El «comunismo chic» no es nuevo en la izquierda occidental. En las décadas de 1920 y 1930, intelectuales estadounidenses y europeos viajaban a la URSS como «peregrinos políticos», según el título del libro El Dios que fracasó (1951), donde seis autores —entre ellos Arthur Koestler y Richard Wright— relataban su desilusión tras conocer el régimen en primera persona. La obra se convirtió en un referente para entender cómo el romanticismo revolucionario se topó con la realidad del estalinismo.
Hoy, el fenómeno revive con un nuevo disfraz: ya no se trata de apologías directas, sino de una glorificación selectiva de figuras como Marx, Lenin o incluso Stalin, presentadas como símbolos de justicia social, pero sin mencionar los millones de víctimas que dejaron sus políticas. En las redes sociales, frases como «el comunismo es bonito en teoría» o «el problema no es el comunismo, sino su aplicación» se repiten como mantras, ignorando que, en la práctica, ambos conceptos son inseparables.
¿Qué explica este resurgir? Para algunos analistas, responde a un rechazo al capitalismo en un contexto de desigualdad creciente y crisis económicas. Para otros, es una reacción contra la globalización y el «imperialismo estadounidense». Pero sea cual sea la motivación, el discurso actual repite errores del pasado: idealizar sistemas políticos sin analizar sus consecuencias reales.
¿Idealismo o ignorancia?
El debate no es nuevo, pero sí más visible. En 2020, durante las protestas por la muerte de George Floyd, algunos manifestantes portaban banderas de la Unión Soviética o imágenes de Che Guevara, símbolos que, para muchos, representan la lucha contra la opresión. Sin embargo, para otros, son recordatorios de regímenes que reprimieron libertades básicas y causaron sufrimiento masivo.
Lo preocupante no es que haya debate, sino que este se base en mitos y medias verdades. Se omite, por ejemplo, que el comunismo no ha funcionado en ningún país donde se ha implementado a gran escala. Se ignora que los gulags soviéticos, las hambrunas en China bajo Mao o los campos de trabajo en Corea del Norte no fueron «excesos» de un sistema en teoría noble, sino consecuencias lógicas de su estructura autoritaria.
En un mundo donde la desinformación y los sesgos cognitivos dominan el discurso público, el «comunismo chic» se alimenta de la misma lógica: presentar una idea atractiva en el papel, pero ignorar su aplicación práctica. Como escribió el filósofo Karl Popper, «la utopía no es un ideal, sino una pesadilla».
«El comunismo no es un sistema que haya fallado; es un sistema que nunca se ha probado en su forma pura». — Frase recurrente en círculos progresistas, ignorando que, en la práctica, siempre ha derivado en dictadura.
El papel de las redes sociales
Plataformas como Twitch, TikTok o Twitter han acelerado la difusión de estas ideas. Streamers, influencers y medios digitales difunden consignas como «el socialismo es humano» o «el capitalismo es el problema» sin contexto histórico. La viralidad prima sobre el rigor, y los mensajes simplificados —a menudo manipulados— ganan más alcance que los análisis profundos.
En este ecosistema, figuras como Hasan Piker no son excepcionales, sino parte de una tendencia más amplia: la mercantilización de la política radical. Se vende una estética —camisetas con la hoz y el martillo, memes de Marx— sin asumir las implicaciones reales de esas ideas. Es el mismo fenómeno que en los años 60 llevó a intelectuales como Jean-Paul Sartre a apoyar a regímenes opresivos por «rebelión», sin cuestionar sus métodos.
La pregunta, entonces, no es si el comunismo está de moda, sino por qué la izquierda moderna elige ignorar su historial. ¿Es idealismo ingenuo, ignorancia histórica o una estrategia deliberada para deslegitimar el sistema capitalista?