La ciencia nutricional suele ser un tema desalentador: titulares que advierten sobre los peligros del azúcar, la carne roja o el alcohol parecen dominar el debate. El mensaje implícito es claro: si un alimento o bebida proporciona placer, probablemente pagaremos un precio con nuestra salud. Pero existe una excepción brillante, una infusión originaria de Etiopía en el siglo IX, que impulsó la Ilustración y ha sostenido a generaciones desde la Guerra de Independencia hasta hoy.

El café no solo es una de las primeras materias primas globalizadas —conectando productores de África, Sudamérica y el sudeste asiático con consumidores en todo el mundo en un mercado de 245.000 millones de dólares—, sino que también es una de las bebidas más versátiles: se sirve plano, al vapor, largo, corto, caliente, frío, solo o con leche, y en combinaciones que terminan en «-cino». Cada día se consumen más de 2.000 millones de tazas en el mundo. Y, a diferencia de otros productos cotidianos, su calidad y beneficios para la salud han mejorado con el tiempo.

La ciencia médica ha demostrado que esos miles de millones de tazas no solo son inocuos, sino que pueden ser beneficiosos. Lo que antes se consideraba una bebida de sabor desagradable y perjudicial —nuestros abuelos recibieron advertencias para reducir su consumo— hoy es uno de los componentes más estudiados y valorados de la dieta moderna. En 2026, el café no es solo una bebida, sino una de las mejores razones para celebrar la vida.

De enemigo público a superalimento

Hace unas décadas, el café era visto con la misma desconfianza que los cigarrillos o el segundo martini. Los médicos lo desaconsejaban a las embarazadas, los cardiólogos lo prohibían a sus pacientes de mediana edad y la Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer de la OMS lo incluyó en su lista de sustancias «posiblemente carcinogénicas» durante 25 años, hasta que en 2016 lo retiró tras revisar las pruebas.

¿Por qué algo aparentemente inofensivo como el café fue considerado una amenaza para la salud durante tanto tiempo? La respuesta está en su componente más conocido: la cafeína. Aunque incluso el café descafeinado contiene trazas del estimulante, este puede influir en la salud cardiovascular. Estudios del siglo XX lo vincularon con cáncer de páncreas, vejiga e incluso defectos congénitos. Sin embargo, ninguna de esas investigaciones resistió el escrutinio científico. La clave está en un clásico error de la investigación médica: los factores de confusión.

Durante gran parte del siglo XX, el café y los cigarrillos eran un binomio tan común como la mantequilla de cacahuete y la mermelada. Pero, a diferencia de esta última combinación, el café no era el problema: el tabaco sí. Datos de 1976 a 1980 revelaron que los bebedores habituales de café en EE.UU. tenían entre seis y siete veces más probabilidades de ser fumadores que quienes no consumían café. El tabaquismo asociado al consumo de café en el pasado distorsionó las percepciones sobre sus efectos reales.

Los beneficios que la ciencia confirma hoy

Lejos de ser un riesgo, el café está respaldado por un creciente cuerpo de evidencia científica. Estudios recientes vinculan su consumo moderado con una reducción del riesgo de enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer y el Parkinson, así como con un menor riesgo de diabetes tipo 2 y enfermedades hepáticas. Además, su alto contenido en antioxidantes lo posiciona como un aliado contra el estrés oxidativo.

La Asociación Americana del Corazón incluso ha señalado que tomar café con moderación —entre 3 y 5 tazas al día— puede formar parte de una dieta cardiosaludable. Incluso se ha observado que los bebedores de café tienen un menor riesgo de sufrir depresión y ciertos tipos de cáncer, como el de hígado y colon.

El café ya no es el villano de antaño, sino un ejemplo de cómo la ciencia puede reescribir las percepciones sobre lo que consumimos. En un mundo donde los mensajes sobre la alimentación suelen ser contradictorios, esta infusión milenaria se consolida como una excepción: un placer que, además, cuida de nuestra salud.

Fuente: Vox