En el condado de Tazewell, Illinois, Michael Deppert depende de un acuífero natural bajo los suelos arenosos de su granja para regar sus cultivos de calabazas, maíz y soja. Por eso, cuando se propuso la construcción de un centro de datos a solo ocho millas de distancia, surgió una preocupación: ¿extraería agua del mismo acuífero, poniendo en riesgo sus cosechas y su sustento?
Deppert, quien además preside la asociación local de agricultores, admitió que los vecinos también estaban alarmados por la posible contaminación del agua potable. La comunidad reaccionó con firmeza: llenaron las reuniones del ayuntamiento y presentaron peticiones masivas. Tras meses de presión, el proyecto —promovido por la desarrolladora Western Hospitality Partners— fue cancelado.
Este caso ilustra un problema cada vez más común en Estados Unidos: la competencia por recursos hídricos entre la industria tecnológica y sectores tradicionales como la agricultura. Con el auge de los centros de datos, impulsado por la demanda de inteligencia artificial y almacenamiento en la nube, la escasez de agua se ha convertido en un factor crítico para las comunidades rurales.
Según expertos, muchos de estos proyectos requieren millones de litros diarios para refrigerar servidores, lo que genera tensiones con agricultores y residentes que dependen de los mismos recursos. En estados como Arizona o Texas, ya se han registrado conflictos similares, donde empresas tecnológicas han tenido que negociar con autoridades locales para garantizar el suministro.
El caso de Deppert destaca la importancia de una planificación sostenible que equilibre el crecimiento económico con la protección de recursos esenciales como el agua. Mientras la tecnología avanza, las comunidades exigen mayor transparencia y participación en las decisiones que afectan su futuro.