Greg Reefer no es un simple aficionado a los coches: es un apasionado de la mecánica con un gusto por lo discreto y lo potente. Desde hace más de dos décadas, recorre las calles del sureste de Michigan al volante de su Mustang Mach 1 de 2004, un vehículo que, a primera vista, podría pasar por un clásico bien conservado. Pero bajo su carrocería naranja y sus llantas de diseño atractivo late un corazón de 4.6 litros y 32 válvulas capaz de alcanzar los 240 km/h en menos de 9 segundos en un cuarto de milla. No es un coche cualquiera: es una máquina de calle con alma de dragster.
La pasión de Reefer por los motores no es casual. Pertenece a una familia con una larga tradición en el transporte pesado. Su abuelo, en los años 30, contrató a un joven Jimmy Hoffa para conducir sus camiones. Su padre, por su parte, abrió un concesionario de Brockway en los años 50, superando altibajos económicos. En 1989, Reefer y su padre obtuvieron la franquicia de Peterbilt, que con el tiempo se convirtió en un imperio de éxito. Los camiones son un negocio serio, pero no precisamente divertidos, admite Reefer. Por eso, cuando tuvo edad para conducir, se hizo con un Mustang Cobra Jet de 1969, un coche con 90.000 millas pero con un motor que prometía adrenalina.
Aunque su vida profesional ha estado ligada al mundo de los camiones, su afición por los coches ha sido una constante. Tras contraer matrimonio con Kim, su novia del instituto —con quien acaba de celebrar sus 50 años de boda—, Reefer se centró en vehículos más familiares. Sin embargo, en 2004, Kim le lanzó un desafío: «¿Por qué no te compras algo divertido?». Una frase que cualquier amante de los coches anhela escuchar de su pareja.
Como concesionario autorizado, Reefer tenía acceso a subastas locales. Allí, entre filas de coches en venta, vio un Mustang Mach 1 rojo de 2004. Al levantar el capó, descubrió bajo su superficie el motor V8 de 4.6 litros y 32 válvulas, un propulsor que despertó su deseo al instante. Pero, en la puja, otro comprador se llevó el coche. Desesperado por no quedarse sin ruedas, regresó a casa con un discreto Ford Taurus, un vehículo que no convenció a su familia. La suerte, sin embargo, estaba de su lado. Poco después, en un aparcamiento, vio un Mustang Mach 1 naranja con un cartel de «Se vende». No solo era el modelo que buscaba, sino también en el color que más le gustaba: el naranja, un tono que ya había marcado su vida con otros vehículos, como un International Scout de competición off-road o una lancha con motor Ford de bloque grande alimentado por óxido nitroso.