En 2003, Estados Unidos invadió Irak tras un intenso debate público sobre la supuesta posesión de armas químicas y biológicas por parte de Saddam Hussein. La afirmación resultó falsa, y el conflicto se saldó con miles de soldados estadounidenses y cientos de miles de iraquíes muertos. Dos décadas después, aquel episodio sigue siendo recordado como un fracaso no solo de la política exterior de la posguerra fría, sino también de los medios de comunicación, que no cumplieron su papel de fiscalizar al gobierno ni informar con rigor a la ciudadanía.
Sin embargo, la guerra actual de EE.UU. contra Irán amenaza con superar aquel desastre. A finales de febrero, Washington lanzó una ofensiva contra Teherán que, a diferencia de la invasión de Irak, se inició sin ningún debate público sobre sus costes, riesgos, objetivos o implicaciones morales. A mediados de marzo, quedó claro que la administración Trump no había siquiera considerado la posibilidad de que Irán respondiera bloqueando el estratégico Estrecho de Ormuz, una ruta marítima por la que transita el 20% del suministro energético global. Su cierre ya ha disparado los precios del petróleo y amenaza con desencadenar una recesión mundial.
Mientras el presidente Donald Trump enviaba barcos, aviones y tropas a la región, gran parte de la prensa estadounidense brilló por su ausencia. Trump no fue cuestionado con rigor sobre sus motivos cambiantes, que han oscilado entre defender a los manifestantes iraníes, imponer un cambio de régimen, desmantelar el programa de misiles del país o detener un programa nuclear que, según él, ya había sido destruido el año pasado.
La invasión de Irak estuvo precedida por una serie de errores mediáticos: se difundieron pruebas falsas sobre las armas iraquíes y apenas se cuestionaron los planes de EE.UU. para estabilizar el país tras la ocupación. Hoy, la situación es aún peor: no solo no se plantearon preguntas antes del conflicto, sino que, un mes después, la administración intenta justificar la guerra a posteriori.
Este cambio en la cobertura de la guerra y la paz sugiere una evolución desde la incompetencia o la corrupción hacia algo más cercano al nihilismo. Los medios no son un bloque homogéneo: existen diferencias significativas entre publicaciones, periodistas y editores, incluso dentro de la prensa tradicional. Sin embargo, es difícil evitar la conclusión de que, tras los fracasos del pasado, la situación ha empeorado y podría deteriorarse aún más en los próximos años.
Estados Unidos, como imperio global, depende de información precisa sobre sí mismo para funcionar. No obstante, a pesar de los avances tecnológicos en comunicación, los medios tradicionales ofrecen cada vez menos análisis y noticias sobre el mundo y el papel de EE.UU. en él. El auge de los medios alternativos cubre parte de ese vacío, pero estas plataformas más pequeñas libran una batalla cuesta arriba.
El impacto que incluso pequeños cambios en la política exterior estadounidense pueden tener en otros países —y la sumisión con la que a veces se aceptan— subraya la urgencia de un periodismo más riguroso y crítico.