Justin Smarsh, de 42 años, ya no puede caminar largas distancias ni agacharse sin ahogarse. Este exminero de Pensilvania, que trabajó en las minas de carbón como su padre y su abuelo, padece fibrosis masiva progresiva, la forma más grave de la neumoconiosis del minero o 'pulmón negro'. No hay cura para su enfermedad. Los medicamentos solo retrasan su avance, pero los médicos le han dado un pronóstico desolador: no llegará a los 50 años.

«La mayoría piensa que la minería del carbón es cosa del pasado», afirma Deanna Istik, directora de Lungs at Work, una clínica especializada en neumoconiosis en el condado de Washington (Pensilvania). «Sin embargo, nunca habíamos visto tantos casos como ahora, especialmente entre mineros de 30 y 40 años».

La enfermedad, que antes se asociaba a generaciones mayores, está resurgiendo con fuerza en la región de los Apalaches, donde las vetas de carbón más accesibles ya se han agotado. Para extraer el mineral restante, los mineros deben perforar rocas con altos niveles de cuarzo, que al triturarse libera partículas microscópicas de sílice cristalina. Estas actúan como diminutos fragmentos de vidrio en los pulmones, provocando cicatrices irreversibles, inflamación severa y, en última instancia, fibrosis masiva progresiva.

Según el Instituto Nacional para la Seguridad y Salud Ocupacional (NIOSH), actualmente uno de cada diez mineros con más de 25 años de experiencia en la industria padece esta enfermedad. Los datos son alarmantes: entre 2013 y 2017, clínicas de Virginia diagnosticaron cientos de casos de fibrosis masiva progresiva, lo que llevó a la institución a declarar una nueva epidemia de pulmón negro. Además, las muertes relacionadas con esta patología, que habían disminuido entre 1999 y 2018, aumentaron entre 2020 y 2023.

La sílice, el nuevo enemigo invisible

El cambio en los métodos de extracción ha convertido la sílice en un peligro oculto. «Antes, el principal riesgo era el polvo de carbón, pero ahora el cuarzo es el verdadero asesino», explica un neumólogo de la Universidad de Virginia Occidental. Los mineros modernos inhalan partículas tan pequeñas que escapan a los sistemas de ventilación tradicionales, penetrando profundamente en los pulmones.

Los síntomas —tos crónica, dificultad para respirar e incapacidad para realizar esfuerzos mínimos— aparecen décadas antes que en generaciones anteriores. «Vemos a pacientes que desarrollan la enfermedad a los 35 años, algo impensable hace 20 años», señala Istik. La fibrosis masiva progresiva no solo reduce la calidad de vida, sino que también aumenta el riesgo de complicaciones mortales, como insuficiencia cardíaca o ahogamiento por acumulación de líquidos en los pulmones ante un simple resfriado.

Falta de regulación y promesas incumplidas

Aunque la Administración de Seguridad y Salud Minera (MSHA) de EE.UU. ha intentado endurecer los límites de exposición a la sílice, las medidas se han retrasado. «Las regulaciones son insuficientes y llegan tarde», denuncia Randy Lawrence, presidente de la Asociación de Pulmón Negro del Condado de Kanawha (Virginia Occidental). «Los mineros siguen trabajando en condiciones inseguras, y las empresas priorizan los beneficios sobre la salud de sus empleados».

Lawrence, que padece la enfermedad, exige una revisión urgente de las normas: «Exigimos límites más estrictos y equipos de protección actualizados. No podemos esperar a que más compañeros mueran».

El futuro de los mineros en juego

Mientras la industria del carbón enfrenta una presión creciente por su impacto ambiental, los trabajadores siguen expuestos a riesgos mortales. «La transición energética no puede dejar atrás a quienes han dedicado su vida a extraer el mineral que alimentó el país», advierte un informe de la Universidad de Pittsburgh. «Sin protecciones adecuadas, la neumoconiosis seguirá cobrándose vidas en silencio».

Para Justin Smarsh, la única esperanza es que la sociedad no olvide su sacrificio: «Quiero ver crecer a mis hijos. Pero sé que cada día que paso en esas montañas me acerca a un final que no merezco».