Durante los últimos años de la presidencia de Barack Obama, los redactores de discursos del secretario de Defensa —entre los que me encontraba— ocupaban un amplio despacho en el Pentágono que, décadas antes, había utilizado Donald Rumsfeld para su equipo. Con sofás cómodos, televisiones de pantalla grande y espacio suficiente para un general y su equipo, nos resistíamos a abandonarlo.

Un día, un grupo de burócratas de nivel medio irrumpió sin aviso, como los 'Bobs' de la película *Office Space*, midiendo el espacio. Era evidente: nuestra suerte había terminado. El cuerpo de prensa del Pentágono necesitaba más espacio cerca del 'bullpen', donde los oficiales uniformados respondían a las preguntas de los medios. Así que, nos explicaron, los redactores de discursos pasaríamos a oficinas más pequeñas. El mensaje era claro: los escritores más importantes del Pentágono no eran los del secretario, sino los de la prensa.

Pete Hegseth, el actual secretario de Defensa, ha adoptado un enfoque radicalmente distinto. Días después de su confirmación, expulsó a medios con amplia experiencia en el edificio, como The New York Times, NPR, Politico y NBC News, cediendo sus espacios a outlets más afines al expresidente Donald Trump. En octubre del año pasado, su oficina de prensa exigió a los periodistas firmar un compromiso: solo podrían publicar información previamente aprobada por el Pentágono. Quienes se negaran, perderían sus credenciales y el acceso al edificio. La mayoría optó por renunciar a sus credenciales y abandonar las instalaciones.

Hegseth ha comparecido con poca frecuencia —aunque últimamente algo más— en las ruedas de prensa del Pentágono. Sus intervenciones redefinen el concepto de 'tribuna política'. La semana pasada, alternó entre citas bíblicas y ataques a la prensa. Tachó a los periodistas de 'antipatrióticos', calificó sus reportajes como 'una corriente interminable de basura' que 'no pueden evitar vender' y comparó a la prensa con los fariseos, los escribas bíblicos que entregaron a Jesús a las autoridades romanas.

Este enfoque no solo pone en riesgo la credibilidad del Pentágono, sino que también amenaza la transparencia y la rendición de cuentas en una de las instituciones más poderosas del mundo. Un Pentágono que solo comparte buenas noticias con el público, y un secretario que insulta sistemáticamente a la prensa, pierden el beneficio de la duda y una herramienta clave para la autocrítica. La postura de Hegseth no solo perjudica la accountability, sino que también limita la efectividad y legitimidad de los miembros del Ejército estadounidense que deben cumplir su misión.

Un cambio radical en la relación con la prensa

Hegseth no siempre vio a la prensa como una amenaza. Antes de su cargo actual, trabajó como presentador en un medio de comunicación. Durante su servicio como oficial de asuntos civiles en la Guerra de Irak, elogió el trabajo de un reportero del Wall Street Journal que estuvo integrado en su unidad durante una semana en Samarra. En un correo enviado a casa, escribió: 'En general, fue un artículo justo', aunque expresó su preocupación por si el reportero había revelado demasiada información sobre un funcionario iraquí que colaboraba con su unidad. En el mismo mensaje, Hegseth alabó el esfuerzo de los iraquíes por establecer un consejo municipal y un periódico local. Describió una placa colocada sobre su área de trabajo que decía: 'La libertad de prensa es la libertad de cada persona'.

«La libertad de prensa es la libertad de cada persona». — Placa en el área de trabajo de Pete Hegseth durante la Guerra de Irak.

Este contraste entre su pasado y su presente refleja una transformación radical en su visión de la relación entre el Pentágono y los medios. Mientras que en el pasado reconocía el valor de una prensa crítica pero justa, hoy promueve una narrativa controlada y excluyente, donde solo los mensajes alineados con su visión tienen cabida.

La pregunta que surge es clara: ¿hacia dónde se dirige el Pentágono bajo el liderazgo de Hegseth? La respuesta no solo afecta a la transparencia institucional, sino también a la confianza que los ciudadanos depositan en sus fuerzas armadas y en el gobierno que las dirige.