El baloncesto es un deporte de equipo donde cinco jugadores trabajan en sincronía para avanzar el balón y anotar. Sin embargo, hay excepciones. Como en los últimos minutos de un partido ajustado de los New York Knicks en playoffs. Allí, el juego parece detenerse: un jugador solitario, menudo, bota el balón una y otra vez hasta que, casi por obligación, lanza hacia el aro. Así ocurrió en el tercer partido de la primera ronda de los Knicks contra los Atlanta Hawks, donde dos jugadas decisivas terminaron en un airball y un pérdida de Jalen Brunson, respectivamente. El resultado: una derrota por un punto, la segunda consecutiva.

Brunson no es solo un jugador clave para los Knicks; es su sistema ofensivo en solitario. Tanto para sus defensores como para sus detractores, su influencia es indiscutible. Sin él, el equipo no sería competitivo. Pero su estilo tiene un coste: prefiere retener el balón, driblar sin descanso y buscar el espacio para lanzar, incluso cuando el riesgo de pérdida o un lanzamiento fallido es alto. Cuando la defensa se cierra sobre él, rara vez opta por pasar, priorizando el tiro propio antes que el riesgo de un error.

Este patrón se acentúa en momentos críticos, cuando los rivales defienden con mayor intensidad. Sus compañeros, ya sea por instrucción del entrenador, por confianza en su capitán o por la atrofia de su capacidad de movimiento sin balón, suelen quedarse inmóviles mientras Brunson intenta desequilibrar. No es un problema exclusivo de la era de Tom Thibodeau, conocido por su ofensiva rígida. Bajo el mando de Mike Brown, contratado para dinamizar el ataque y aprovechar a estrellas como Karl-Anthony Towns, OG Anunoby o Mikal Bridges —jugadores capaces de crear su propio tiro—, la situación persiste.

¿Es el juego aislado de Brunson una mala opción? No necesariamente. Quizá sea mejor que pasar a Bridges, quien, incluso con cinco defensores derribados en el suelo, optaría por un lanzamiento de 3,5 metros. Pero la pregunta sigue en el aire: ¿hasta cuándo puede un equipo permitirse depender de un solo jugador en los momentos decisivos?

Como espectador, la respuesta es clara: necesitamos ver el balón cambiar de manos. Necesitamos ver a un compañero de Brunson moverse con propósito, no solo cambiar el peso de un pie a otro. Preferiría una derrota con una jugada ofensiva arriesgada y fallida antes que otra posesión interminable donde el único que actúa es el base.

Fuente: Defector