La desigualdad no solo divide la riqueza, sino también la salud. Según los últimos datos del Reino Unido, el número de años que las personas pueden vivir con buena salud ha disminuido en todo el país, y el impacto es mayor en las zonas más pobres. Aunque la pandemia de COVID-19 dejó secuelas, el principal responsable es la reducción de servicios sanitarios impulsada por el gobierno anterior.

Las cifras son reveladoras: una persona en una zona acomodada puede esperar disfrutar de casi 20 años más de vida saludable que alguien en una zona deprimida. Esta brecha no es exclusiva del Reino Unido. En Estados Unidos, Canadá, Alemania y Países Bajos también se observan descensos similares en la esperanza de vida libre de enfermedades.

«Reducir el tabaquismo, mejorar la alimentación y fomentar la actividad física pueden retrasar la aparición de enfermedades y mejorar el bienestar diario», señala un análisis del Health Foundation, un prestigioso think tank británico. «El empleo estable, la vivienda de calidad y entornos locales favorables también influyen en la salud física y mental».

Sin embargo, mientras la salud pública se deteriora, las soluciones que surgen desde el sector privado no parecen alineadas con las necesidades de la mayoría. Empresas como Retro Biosciences, respaldada por Sam Altman, prometen «aumentar la esperanza de vida saludable» mediante el estudio de los mecanismos del envejecimiento. Altos Labs apuesta por revertir enfermedades y discapacidades, y Hevolution, impulsada por Arabia Saudí, promueve el concepto de «healthspan» (años de vida en buen estado) frente al tradicional «lifespan» (esperanza de vida).

Incluso en lugares con regulaciones flexibles, como Prospera, una «ciudad libre» frente a las costas de Honduras donde se permite investigar sin restricciones médicas, el enfoque sigue siendo elitista. «Es un lugar único donde podemos hacer este tipo de cosas», declaró un empresario, pero no para vacunar a la población o promover hábitos saludables, sino para desarrollar terapias genéticas y tratamientos con células madre, accesibles solo para quienes puedan pagarlos.

La paradoja es evidente: mientras la mayoría sufre las consecuencias de los recortes sanitarios y los estilos de vida poco saludables, las élites invierten en tecnologías que solo beneficiarán a una minoría privilegiada. Incluso en sectores menos obvios, como Genflow, que investiga cómo ralentizar el envejecimiento en perros para que los dueños adinerados no pierdan a sus mascotas en un futuro prolongado artificialmente, se refleja esta lógica.

Este patrón no se limita a Occidente. En Rusia, por ejemplo, los habitantes de Moscú viven más años que los de las provincias, aunque la situación es compleja debido a factores como el menor consumo de alcohol en regiones musulmanas. Sin embargo, en lugar de abordar estas desigualdades, el Kremlin, al igual que otros líderes, parece más interesado en la búsqueda de la inmortalidad. Durante una reunión con Xi Jinping en China —donde la desigualdad también pasa factura a la salud—, Putin y su homólogo chino exploraron cómo «vivir para siempre», en lugar de cómo garantizar una vida saludable para todos.

Fuente: Coda Story