Brett Neibling, presidente de la Asociación de Soja de Kansas, gestiona una explotación agrícola de 1.000 hectáreas en Highland, en el noreste del estado. Su oficina, un pequeño espacio con aire acondicionado, alberga los equipos que controlan el movimiento de los cultivos cosechados y el secado del maíz. Pero hoy, su principal preocupación es mantener a flote la explotación familiar.

Los agricultores de soja en Estados Unidos enfrentan una situación crítica durante el segundo mandato de Donald Trump. Las guerras comerciales iniciadas por el presidente han provocado represalias arancelarias masivas, especialmente desde China, uno de los mayores consumidores de productos agrícolas estadounidenses. La situación se agrava con el conflicto en Irán: el cierre del estrecho de Ormuz en marzo ha disparado los precios del petróleo y los fertilizantes, esenciales para la producción.

«Es un momento muy difícil», afirma Neibling en una entrevista realizada a finales de marzo, un día especialmente ventoso. «A veces parece que el mercado reacciona más a los tuits del presidente que a los datos reales».

Los agricultores describen esta crisis como más grave que la guerra comercial de 2018, cuando Kansas perdió casi 1.000 millones de dólares en ventas de soja y sorgo. En los primeros ocho meses de 2025, las exportaciones de soja a China cayeron a una cuarta parte respecto al año anterior. Entre mayo y noviembre de 2025, Estados Unidos no exportó ni un solo grano de soja al gigante asiático. Brasil, el mayor productor mundial, ha ocupado ese vacío.

La soja como moneda de cambio geopolítica

«La soja ya no es solo un commodity; se ha convertido en un peón en la guerra comercial y geopolítica entre EE.UU. y China», explica Jonathan Coppess, profesor asociado de la Universidad de Illinois. «Las decisiones de la administración Trump pueden ser temporales, pero sus consecuencias serán duraderas».

Para los agricultores, lo global se ha vuelto local. Los costes de producción se disparan, mientras que los mercados se vuelven cada vez más impredecibles. Las políticas económicas y exteriores del presidente tienen un impacto directo en sus vidas, y el futuro de sus explotaciones pende de un hilo.