El formato de los roasts —esos espectáculos de humor ácido donde los comediantes se burlan de una persona pública— ha sido durante décadas un género icónico de la comedia estadounidense. Sin embargo, Netflix parece haber convertido esta tradición en un producto masivo, desvirtuando su esencia y alargando su duración hasta el aburrimiento.

El problema de Netflix con los roasts

Jeff Ross, uno de los rostros más reconocidos del género y productor ejecutivo de muchos de estos especiales, ha expresado su frustración. Aunque valora el esfuerzo de Netflix por revivir los especiales de stand-up, critica abiertamente el enfoque de la plataforma en producciones como "The Roast of Kevin Hart", un especial de tres horas que, según él, fue "triste y nada gracioso".

Ross no es el único que sufrió en el proceso. El público se vio obligado a soportar momentos incómodos, como las tomas forzadas de Pete Davidson sonriendo sin gracia o Chelsea Handler esperando a que terminara el espectáculo. Incluso los cortes a Ted Sarandos, co-CEO de Netflix, cesaron, sugiriendo que el ejecutivo abandonó la sala antes de tiempo.

De los roasts históricos a la saturación

Netflix entró en el negocio de los roasts en 2019 con la serie "Historical Roasts", donde Ross parodiaba figuras históricas como Abraham Lincoln o Ana Frank. El resultado fue extraño y poco divertido. Sin embargo, en 2024, la plataforma intentó recuperar el espíritu del género con el roast de Tom Brady, promocionado como "el mejor roast de todos los tiempos".

El evento contó con la participación de Kevin Hart como anfitrión y estrellas como Will Ferrell y Ben Affleck. Aunque la producción se desarrolló en el Kia Forum con capacidad para 18.000 personas —un escenario poco adecuado para la comedia—, el espectáculo funcionó en parte gracias a la incomodidad natural de Brady. Era un espectáculo en el sentido literal: un circo de tres horas que, contra todo pronóstico, logró ser entretenido.

Este contraste entre el éxito relativo del roast de Brady y el fracaso de otros intentos de Netflix plantea una pregunta clave: ¿qué ha cambiado en el género para que ahora parezca tan descafeinado?

El legado perdido de los roasts

Los roasts no siempre fueron sinónimos de aburrimiento. En los años 60 y 70, el Friars Club organizaba roasts televisados que se convirtieron en eventos culturales. Figuras como Dean Martin, Don Rickles y Jonathan Winters convirtieron estas veladas en auténticas obras de arte del humor ácido. Incluso el expresidente Ronald Reagan fue objeto de burla en 1973, en un roast que hoy se recuerda como una joya de la comedia.

Para muchos, como el padre de Ross, estos roasts eran accesos exclusivos a la élite del humor. Grabaciones en 8-track de eventos como el roast de Don Rickles en 1967, con leyendas como Johnny Carson y Buddy Hackett, eran tesoros que se compartían entre amigos. La televisión amplificó este fenómeno con programas como "The Dean Martin Celebrity Roast", que duró una década.

Hoy, sin embargo, Netflix parece haber convertido los roasts en un producto de consumo rápido, priorizando la duración y el espectáculo sobre la calidad del humor. ¿Dónde se perdió la magia?

"Un roast no es solo burlarse de alguien; es un arte que requiere timing, ingenio y, sobre todo, respeto por el género. Netflix ha convertido esto en un circo de tres horas donde lo único que brilla es el reloj."

— Jeff Ross, comediante y productor

¿Hay futuro para los roasts?

Aunque el modelo de Netflix ha tenido altibajos, el género aún tiene potencial. El éxito del roast de Tom Brady demostró que, si se hace bien, el formato puede funcionar. Sin embargo, el desafío está en recuperar la esencia de los roasts clásicos: humor inteligente, comediantes talentosos y, sobre todo, un equilibrio entre la burla y el respeto.

Mientras tanto, los fans del género siguen esperando que alguien —ya sea Netflix u otra plataforma— logre revivir la magia de los roasts de antaño. Hasta entonces, el legado de figuras como Dean Martin y Don Rickles seguirá siendo un recordatorio de lo que alguna vez fue este arte.

Fuente: The Wrap