Una ola de calor histórica en marzo

En marzo, un mes tradicionalmente asociado a nevadas en las montañas y tiempo gris en zonas bajas, una ola de calor sin precedentes se instaló en el Oeste de Estados Unidos. Desde Tucson (Arizona) hasta Casper (Wyoming), se batieron récords de temperatura, algunos incluso superiores a los habituales en mayo. Según el climatólogo Daniel Swain, de la Universidad de California, "es excepcionalmente difícil que el sistema terrestre registre temperaturas tan altas tan temprano en la temporada".

El cambio climático como factor clave

Aunque las olas de calor son fenómenos naturales, su intensidad y frecuencia están aumentando debido al cambio climático. Zachary Labe, científico del centro Climate Central, señala que esta ola persistió durante casi dos semanas. "No solo fue la más temprana, sino también la más extensa registrada en el Suroeste", advierte. Los expertos coinciden en que entender sus consecuencias es crucial para anticipar futuros impactos.

Lecciones del desastre de 2021

En 2021, una cúpula de calor en el Pacífico Northwest elevó las temperaturas hasta los 49°C, causando daños ecológicos masivos. Miles de árboles murieron, aves jóvenes cayeron al suelo al intentar huir, y millones de moluscos y algas marinas perecieron. Aunque la ola de este año no ha tenido efectos tan inmediatos, llega tras un invierno récord en calor y sequía, lo que agrava el panorama.

Efectos en especies vulnerables

Los ecosistemas están cambiando de forma permanente, ya que muchas especies no logran adaptarse. Julia Baum, profesora de la Universidad de Victoria, explica que en 2021 más del 75% de las especies estudiadas resultaron afectadas, ya sea por muerte directa o por la reducción de su éxito reproductivo. Las más perjudicadas fueron aquellas incapaces de buscar refugio, como los percebes, algas marinas y plantas terrestres.

"Las costas rocosas donde viven se calentaron hasta los 50°C. Imaginen estar pegados a un hormigón al rojo vivo en un día de verano extremo: literalmente se cocieron y murieron". — Julia Baum

En tierra, flores silvestres se marchitaron, impidiendo la reproducción de poblaciones enteras, y se registró una amplia necrosis en los bosques. Algunas especies que pudieron desplazarse modificaron su comportamiento: los halcones ferruginosos redujeron su tiempo de vuelo en un 81%, mientras que los lobos aumentaron sus movimientos, posiblemente en busca de presas como ciervos o alces.

Un futuro incierto para los ecosistemas

Los científicos advierten que, con el aumento de las temperaturas, estos eventos serán más frecuentes y severos. "Los ecosistemas no son estáticos; están en constante cambio, pero el ritmo actual supera su capacidad de adaptación", señala Baum. La investigación en curso en estados como Washington, Oregón y Columbia Británica confirma que los daños son profundos y a largo plazo, especialmente para especies de vida larga como los árboles.

Fuente: Grist