Este artículo es una publicación conjunta de SEJournal y The Revelator.
Como muchos periodistas, me apasionan las historias de los underdogs. Pero en mi caso, eso significa escribir sobre lobos rojos, arañas lobo o caracoles de los bosques. Desde hace más de 20 años, llevo el periodismo de extinción: relato sobre especies raras o en peligro, los científicos que investigan sus amenazas y los esfuerzos por salvarlas, así como las plantas y animales que ya no podemos recuperar.
En este tiempo, he escrito más obituarios de especies de los que jamás imaginé. Recientemente, recopilé los casos de más de 30 especies declaradas extintas en 2025. La mayoría de estas desapariciones comparten causas comunes con las amenazas que enfrentan los humanos: cambio climático, contaminación, urbanización, desigualdad económica y enfermedades introducidas.
Sin embargo, también he documentado historias de recuperación, redescubrimientos y victorias en conservación. He narrado avances científicos y el esfuerzo humano —tanto en sus peores como en sus mejores facetas— detrás de cada lucha. Porque, al final, el periodismo de extinción no trata solo de animales o plantas, sino de las personas.
Escribir sobre extinción: un acto de esperanza
Aunque pueda parecer contradictorio, cubrir la extinción es un acto esperanzador. Aunque he informado sobre cientos de extinciones, también he editado miles de artículos sobre especies que sobreviven, gracias a científicos, conservacionistas o su propia resiliencia.
Incluso las malas noticias —declives poblacionales, nuevas amenazas o proyecciones climáticas— solo existen porque alguien las investiga. Y descubrir un problema es el primer paso para resolverlo. Por eso, el periodismo de extinción rara vez habla de finales, sino de prevenir esos finales.
Cada historia es una lección sobre qué proteger y un mapa para hacerlo mejor. No se trata de rendirse ante lo perdido, sino de aprender de ello para evitar más pérdidas.
La extinción también habla de personas
Detrás de cada especie en peligro hay una red de científicos, activistas y comunidades locales cuyas vidas están entrelazadas con esos animales o plantas. Contar sus historias —sus pasiones, sus luchas— humaniza el relato, incluso cuando se trata de especies injustamente estigmatizadas, como serpientes, insectos o parásitos.
Cuando escribimos sobre una especie al borde del abismo, también narramos la lucha de quienes se niegan a aceptar su desaparición. Es un recordatorio de que, aunque el desafío es enorme, la acción colectiva puede marcar la diferencia.