Una guerra mal calculada y sus consecuencias

Donald Trump y Benjamin Netanyahu comparten más que una amistad: ambos son líderes con visiones distorsionadas de la realidad, obsesionados con su imagen y convencidos de ser víctimas de conspiraciones. Ahora, además, comparten un fracaso: la guerra contra Irán, impulsada por su vanidad y arrogancia, los ha dejado en una posición política insostenible.

Trump: el presidente que no logró su objetivo

En Estados Unidos, la guerra no ha generado el efecto de unidad esperado. Cada día, las encuestas reflejan un nuevo descenso en la popularidad de Trump, con un apoyo a la guerra por debajo del 40%. Según The Wall Street Journal, su aparente seguridad es solo una fachada para ocultar el temor a las consecuencias electorales en las elecciones de mitad de mandato de noviembre, que podrían arrebatarle el control del Congreso.

Trump entró en este conflicto sin objetivos claros, sin apoyo público y sin un plan coherente. Lo que comenzó como una supuesta misión para evitar que Irán se convirtiera en una potencia nuclear se ha reducido a una operación para reabrir un corredor marítimo que ya estaba operativo antes del conflicto. La historia juzgará duramente esta aventura, pero Trump ya acumula una larga lista de decisiones impulsivas y autodestructivas.

Netanyahu: el líder que apostó por una apuesta fallida

En Israel, Netanyahu enfrenta un escenario aún más complicado. The New York Times destacó que, incluso entre sus aliados de derecha, crece el descontento por su incapacidad para resistir la presión de Trump y poner fin a la guerra. Su coalición, como la de Trump, pierde apoyo en las encuestas en un año electoral.

Netanyahu vendió durante años su cercanía con Trump como garantía de seguridad para Israel. Sin embargo, tras el fracaso de la guerra, esta narrativa pierde fuerza. Irán, el gran enemigo de su carrera política, sigue en pie, y su oportunidad de lograr un cambio de régimen se desvaneció. Lo que comenzó como una alianza estratégica se ha convertido en un lastre político.

«Netanyahu arrastró a Trump a una guerra que Estados Unidos no quería, pero el presidente estadounidense se unió con entusiasmo, creyendo que sería una victoria rápida. El resultado ha sido un desastre para ambos.»

¿Quién perdió más?

Aunque Netanyahu presionara a Trump para entrar en la guerra, no se puede culpar únicamente al primer ministro israelí. Trump, con su impulsividad y falta de estrategia, se sumó al conflicto sin evaluar las consecuencias. Ambos subestimaron a Irán y sobreestimaron su propia capacidad para controlarlo.

Para Trump, el daño es político: su imagen de líder fuerte se resquebraja, y su base electoral se fragmenta. Para Netanyahu, el costo es existencial: su legado como el gran defensor de Israel frente a Irán se desmorona, y su futuro político pende de un hilo.

La alianza entre ambos ha demostrado ser tóxica. Lo que comenzó como una relación de conveniencia se ha convertido en un lastre mutuo, arrastrándolos hacia el abismo político.