La reciente designación de Nicole Saphier, radióloga, como nueva candidata a Cirujano General de Estados Unidos, ha reavivado las divisiones entre los seguidores de Donald Trump. Con esta tercera nominación en menos de dos años, la administración busca zanjar el debate, pero existe una solución más sencilla: abolir la Oficina del Cirujano General.
Saphier, con un perfil médico convencional, ha sido crítica con el secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr., quien impulsó políticas sanitarias controvertidas. Aunque su aprobación en el Senado parece más viable que la de sus predecesores, Janette Neshiewat y Casey Means, su nombramiento podría profundizar las grietas en la base trumpista.
El debate sobre este cargo, sin embargo, va más allá de las divisiones partidistas. Expertos como Jeffrey A. Singer, cirujano y fellow del Cato Institute, argumentan que la Oficina del Cirujano General se ha convertido en un relicto innecesario.
¿Por qué este cargo ya no cumple su función original?
Creada en 1798 para atender a marineros enfermos, la oficina evolucionó hacia un sistema de salud pública con un Cuerpo Comisionado de Salud Pública, organizado al estilo militar. Sin embargo, en 1968 perdió el control sobre este cuerpo y se transformó en un cargo puramente consultivo.
Hoy, muchos de sus miembros trabajan en agencias como la EPA, el Departamento de Defensa o el Servicio de Parques Nacionales, sin que el Cirujano General ejerza autoridad real sobre ellos. Su labor se ha desviado hacia temas políticos, como el control de armas o políticas sociales, erosionando la confianza en las funciones sanitarias legítimas.
«El Cirujano General ha pasado de ser un rol apolítico en salud pública a una plataforma politizada, interviniendo en temas ajenos a su ámbito y minando la credibilidad de las instituciones sanitarias». — Jeffrey A. Singer, Cato Institute
Una solución sin controversias
Ante la falta de claridad en sus funciones y la polarización que genera, la solución más eficiente sería eliminar esta oficina. Así se evitarían conflictos innecesarios, se reducirían gastos burocráticos y se modernizaría la gestión de la salud pública en EE.UU.
La historia de la Oficina del Cirujano General refleja un crecimiento descontrolado de la burocracia, donde su propósito original se diluyó en décadas de expansión sin rumbo. En lugar de perpetuar un cargo con funciones ambiguas, su abolición permitiría reasignar recursos a áreas críticas de la sanidad estadounidense.