Noel Coward escribió obras que desafiaron los límites de su época, pero 'Ángeles Caídos' (1925) no alcanzó el impacto de 'El Vórtice' (1924), su primer gran éxito. Mientras esta última abordaba temas controvertidos como la adicción a las drogas, la promiscuidad femenina y el incesto, la primera optó por un enfoque más ligero, aunque con menos repercusión. En 'Ángeles Caídos', las protagonistas, Julia y Jane, son dos mujeres casadas que, años atrás, compartieron un amante francés en Italia. Ahora, décadas después, reflexionan sobre reavivar esas relaciones a pesar de estar unidas a hombres ingleses aburridos pero queridos.
La obra, estrenada el pasado domingo en el Teatro Todd Haimes de Roundabout Theatre Company, recuerda a otra revival de Coward en Broadway: 'Esperando en las alas' (1999), escrita décadas antes pero adaptada por Jeremy Sams. Para 'Ángeles Caídos', Claudia Shear realizó ajustes significativos, reduciendo la comedia de tres actos a solo 90 minutos sin intermedio. La pregunta surge: ¿acaso 'Vida Privada' o 'Risa Presente' necesitan reescrituras?
Bajo la dirección de Scott Ellis, esta producción tarda en calentar motores. La primera media hora transcurre sin chispa cómica, hasta que el elenco, liderado por Rose Byrne (Jane) y Kelli O’Hara (Julia), decide emborracharse hasta el extremo. El resultado recuerda al icónico episodio de 'Vitameatavegamin' de 'Yo amo a Lucy'. Byrne y O’Hara demuestran un talento excepcional para la comedia física: caídas espectaculares, resbalones sobre alfombras orientales y tropiezos deliberados que arrancan risas al público.
Aunque forman un buen equipo cómico, no alcanzan la química de leyendas como Lucille Ball y Vivian Vance. Sus voces agudas y similares dificultan distinguir quién lleva el peso de la comicidad, convirtiendo los primeros minutos en una especie de 'screeching match' (batalla de chillidos). La escena de borrachera prolongada, heredada del segundo acto original, salva el espectáculo. Sin embargo, en el tercer acto, ya sobrias, Byrne y O’Hara pierden fuelle, aunque la aparición inesperada de una peluca despeinada de Byrne añade un toque de absurdo.