La novela Yesteryear, del debut de Caro Claire Burke, ha captado la atención de lectores y críticos por su premisa impactante: Natalie, una influencer de estilo tradwife —exestudiante de Harvard que se casó con un hombre adinerado a los 20 años—, despierta en el año 1855. De la noche a la mañana, desaparecen sus electrodomésticos de diseño discreto, su armario de prendas de lujo y su equipo de empleados domésticos. En su lugar, solo encuentra un retrete exterior, vestidos de lana áspera y horas de trabajo físico agotador, como lavar ropa con jabón de lejía casero.
La adaptación a este mundo hostil no es sencilla. Natalie llora con frecuencia, sufre un accidente con una trampa para osos que le lesiona gravemente la pierna y debe soportar la medicina de la época, donde los ungüentos huelen a grasa de tocino y las suturas se aplican sin anestesia. «Es como si mi cuerpo hubiera gastado un mes de energía solo en transmitir el dolor a mi cerebro», describe la protagonista.
Hay cierta satisfacción en ver el sufrimiento de Natalie. Uno no puede evitar pensar: «¿Cómo te va ahora con ese estilo de vida tradicional?». Tras años viendo a influencers como ella mostrando hogares idílicos, hijos perfectos y pan recién horneado, por fin la realidad les pasa factura. ¿Reconocerá ahora que el mundo moderno tiene ventajas innegables?
Una crítica mordaz al arquetipo de la 'tradwife'
Yesteryear no es solo una novela de ficción histórica, sino una obra cargada de indignación. Burke construye una crítica feroz contra el arquetipo de la mujer tradicional que idealiza el pasado, ignorando las dificultades reales de la época. Esta rabia es lo que ha convertido la novela en un fenómeno: ha generado una avalancha de reseñas entusiastas y ha despertado el interés de estudios cinematográficos, con Anne Hathaway al frente de su adaptación tras una feroz guerra de pujas entre cuatro estudios.
Yo misma leí Yesteryear de un tirón, enganchada por su premisa. Sin embargo, el libro pierde fuelle cuando intenta justificar que las tradwives también albergan frustración interna, similar a la de las feministas. Natalie, la protagonista, es consciente de que su contenido es un cebo para la ira. Se refiere a sus seguidores como «las mujeres enfadadas» y presume de que las «mujeres autoproclamadas progresistas» están «químicamente adictas a odiar a mujeres como yo».
En un momento clave, Natalie se reencuentra con Vanessa, una antigua compañera de instituto que ha abandonado su educación religiosa. La protagonista disfruta imaginando el resentimiento y la envidia que debe sentir su interlocutora. «Adelante, date un dolor de cabeza pensando en mí», piensa con satisfacción.
El debate en torno a las 'tradwives': ¿peligrosas o simplemente ridículas?
Natalie no está equivocada al señalar que el contenido de las tradwives genera reacciones que van desde la crítica hasta la indignación. En 2023, un ensayo viral en The Cut se preguntaba: «¿El contenido de las tradwives es peligroso o simplemente estúpido?». Otro artículo de 2020 describía el sexismo inherente a este movimiento como «la puerta de entrada al supremacismo blanco». Incluso en 2024, perfiles de figuras como Hannah Neeleman, conocida como «Ballerina Farm» —la influencer más destacada del movimiento—, han reavivado el debate sobre los límites entre la nostalgia y la idealización de roles de género opresivos.
Más allá de la polémica, Yesteryear plantea una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando las fantasías de un estilo de vida perfecto chocan con la realidad? Natalie, acostumbrada a vivir en la comodidad y el privilegio, descubre que el pasado no era el paraíso que imaginaba. Quizá, después de todo, el progreso tenga sus ventajas.