Jamie Harris, de 35 años, recuerda con claridad el día en que su vida dio un giro inesperado. Era el año 2010, tenía 20 años y disfrutaba de una etapa llena de proyectos: cursaba un máster para obtener el título de profesora y mantenía una relación con el que hoy es su marido. «Fue una época maravillosa», afirma. «Incluso hicimos un viaje a Londres juntos».
Sin embargo, durante ese viaje, algo cambió. «Fui al baño y noté sangre en las heces. No sabía si era por el cambio de alimentación o el estrés del viaje», relata. Al regresar a casa, los síntomas persistieron: dolor abdominal intenso y fatiga. Su médico de cabecera le recomendó aumentar la fibra y consumir semillas de psyllium. Pero el dolor no remitió. Al contrario, empeoró.
En menos de un año, Jamie perdió 9 kilos sin proponérselo. La situación se volvió insostenible cuando, durante su período de prácticas docentes, compartió sus preocupaciones con una de sus profesoras. «Ella me insistió en que fuera a urgencias de inmediato», cuenta. Allí, los análisis de sangre revelaron una elevación anormal de glóbulos blancos. Tras más pruebas, fue derivada a un gastroenterólogo, quien le diagnosticó enfermedad de Crohn, una patología inflamatoria crónica que puede afectar a cualquier parte del tracto digestivo.
¿Qué es la enfermedad de Crohn?
Según la doctora Emanuelle Bellaguarda, gastroenteróloga y profesora asociada en la Universidad Northwestern, «el Crohn puede manifestarse como úlceras superficiales o profundas, similares a las aftas bucales. Si no se trata, puede derivar en daños graves en el intestino, como estenosis —estrechamiento del intestino— o fístulas —conexiones anormales entre el intestino y otros órganos o la piel—».
El mito de la dieta como única causa
Jamie, cuya madre era dietista durante 40 años, probó todo tipo de restricciones alimentarias. «Mi madre sospechaba que podía tener intolerancia al gluten, así que reduje ciertos alimentos y llevé un diario de lo que comía», explica. También probó la dieta BRAT (plátano, arroz, compota de manzana y tostadas), pero el dolor persistía. «Cada vez que comía, el estómago se me encogía. Llegué a dejar de comer para evitar el sufrimiento, y por eso perdí tanto peso», confiesa.
Su testimonio subraya un problema común: la normalización de síntomas digestivos como si fueran «normales» o atribuibles únicamente a la alimentación. «Muchas personas, como yo en su momento, asumen que el dolor abdominal o la sangre en las heces son consecuencia de lo que comemos. Pero no siempre es así», advierte.
Un diagnóstico que cambió su vida
El primer año tras el diagnóstico fue un desafío físico y emocional para Jamie. «Entré en una especie de depresión. Estaba en el momento cumbre de mi vida, pero todo se volvió cuesta arriba», reconoce. Sin embargo, con el tiempo, encontró un tratamiento que le permitió recuperar su calidad de vida. «Hoy puedo decir que, aunque la enfermedad es crónica, se puede controlar con el enfoque adecuado», afirma.
Su objetivo ahora es concienciar a otros jóvenes sobre la importancia de no ignorar las señales de su cuerpo. «Si sientes dolor constante, sangre en las heces o fatiga inexplicable, ve al médico. No esperes a que los síntomas empeoren», recomienda.