Linnea, una estudiante de 19 años de la Universidad Case Western en Cleveland (Ohio), creció en una comunidad religiosa protestante progresista y comprometida con la misión social. Desde pequeña, asistía a un campamento de verano cristiano en el oeste de Michigan, un entorno muy diferente al liberalismo de su barrio de Shaker Heights. Allí, observó cómo, pese a compartir la misma fe, sus compañeros interpretaban los valores cristianos de manera más conservadora.

«Fue entonces cuando me di cuenta: somos cristianos, pero vivimos el mundo de formas completamente distintas», explica Linnea, quien ahora forma parte de la red United Protestant Campus Ministries, una organización de fe progresista en universidades estadounidenses.

Como cristiana practicante y mujer queer, Linnea representa a un grupo minoritario dentro de la Generación Z: jóvenes que, pese a identificarse con la religión, mantienen posturas políticas progresistas. Según el último Censo de Religión Americana del Public Religion Research Institute (PRRI), esta generación es menos propensa a declararse cristiana y a asistir regularmente a servicios religiosos que las anteriores.

En un contexto político polarizado, el término «valores cristianos» suele asociarse con posturas conservadoras, tanto por sus defensores como por sus detractores. Las políticas de la administración Trump, que promovieron el nacionalismo cristiano —la idea de que EE.UU. debe gobernarse bajo principios cristianos—, reforzaron esta percepción. Las encuestas revelan que quienes apoyan esta ideología muestran un respaldo abrumador al expresidente.

Los cristianos progresistas evitan etiquetarse con términos políticos, pues se limitan a seguir las enseñanzas de Cristo. Sin embargo, su enfoque difiere radicalmente del de los conservadores o nacionalistas cristianos. Como señala Lizzie McManus-Dail, pastora de la Iglesia Episcopal Jubilee en Austin (Texas), donde hay una comunidad LGBTQ+ activa:

«Jesús fue ejecutado por el gobierno en la calle y nos pidió, en múltiples ocasiones, no solo amar a nuestro prójimo, sino estar en profunda solidaridad con los más oprimidos. Eso es, en esencia, el corazón más puro del cristianismo, aunque hoy no sea la imagen que se asocia con esta fe en un país donde el gobierno intenta convertirla en una nación nacionalista cristiana».

Recientemente, líderes religiosos han alzado la voz contra las políticas de Trump, destacando la incompatibilidad entre los valores cristianos y las acciones de su gobierno. Tras la instalación de miles de agentes de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en Minneapolis, iglesias locales organizaron protestas y ofrecieron refugio a migrantes perseguidos, reafirmando su compromiso con la justicia social.

¿Puede el cristianismo progresista recuperar a la Generación Z?

La pregunta persiste: ¿lograrán los cristianos progresistas atraer a jóvenes como Linnea, que buscan una fe alineada con sus ideales de igualdad y justicia? Para muchos, la respuesta está en demostrar que la práctica religiosa puede ser un espacio de activismo y cambio social, no solo de dogma.

«La Iglesia no debería ser un lugar de división, sino de encuentro y acción», afirma Linnea. «Si queremos que los jóvenes vuelvan, debemos mostrar que la fe también puede ser revolucionaria».