Veinte minutos después de comenzar El diablo viste de Prada (2006), Meryl Streep, en el papel de Miranda Priestly, pronuncia un discurso revelador a Anne Hathaway. La escena, que podría repetirse en la secuela, refleja la tensión central de la trama: la fría editora de una revista de moda critica a su nueva asistente, Andie, por su actitud despectiva hacia la industria.

Mientras sus subordinados le muestran dos cinturones azules idénticos, Andie, aún inexperta, comenta con desdén: «Ambos cinturones me parecen iguales». Miranda, astuta y perspicaz, aprovecha el momento para desmontar su postura. No solo le explica que el color de su suéter —un tono cerúleo— no es casualidad, sino el resultado de un proceso que involucra a diseñadores, marcas y mercados, sino que le hace ver que, incluso sin quererlo, forma parte de ese sistema.

«Es cómico que creas haber elegido algo que te exime de la industria de la moda, cuando en realidad llevas puesto un jersey que alguien de esta sala seleccionó para ti entre un montón de ‘cosas’», le espeta Miranda a una Andie ahora en silencio y avergonzada.

La moda, la IA y la ilusión de la neutralidad

La escena va más allá de la crítica a la moda. Refleja una actitud común en quienes rechazan tecnologías como la inteligencia artificial: la creencia de que pueden aislarse de sistemas que, en realidad, ya los rodean. Los escépticos de la IA suelen argumentar que su rechazo los mantiene al margen de sus supuestos efectos negativos. Sin embargo, como Miranda le hace ver a Andie, la participación no siempre es activa ni consciente.

La industria de la moda genera empleos, influye en la cultura y hasta define tendencias sociales. De igual modo, la IA ya está integrada en aspectos cotidianos: desde los algoritmos que recomiendan películas hasta los sistemas de diagnóstico médico. Ignorar su existencia no significa evitar su impacto.

El error de Andie —y de los escépticos de la IA— es creer que pueden optar por no participar. La realidad es que, como el color cerúleo de su suéter, la tecnología ya forma parte de nuestras vidas, queramos o no.

¿Qué pueden aprender los escépticos de la IA?

La lección de Miranda es clara: la neutralidad no existe. Incluso quienes rechazan activamente la IA están, en cierto modo, interactuando con ella. Por ejemplo:

  • Los algoritmos de redes sociales: Aunque borres tu cuenta, los datos que generas siguen alimentando modelos de aprendizaje automático.
  • Los sistemas bancarios: Las transacciones digitales, la detección de fraudes y hasta los tipos de interés están influenciados por IA.
  • La medicina: Desde la interpretación de radiografías hasta la personalización de tratamientos, la IA ya está aquí.
  • El transporte y la logística: Las rutas optimizadas, los coches autónomos y la gestión de inventarios dependen de inteligencia artificial.

El debate, entonces, no debería centrarse en si la IA nos afecta, sino en cómo queremos que nos afecte. ¿Queremos regular su desarrollo? ¿Exigir transparencia en sus algoritmos? ¿O seguiremos pretendiendo que podemos ignorarla?

«La industria de la moda no es solo vanidad; es un sistema que mueve economías y empleos. Lo mismo ocurre con la IA: no es magia, es una herramienta con consecuencias reales, y negarse a entenderla no la hará desaparecer».

En definitiva, El diablo viste de Prada nos recuerda que la participación en los sistemas que nos rodean es inevitable. La pregunta es: ¿preferimos ser espectadores pasivos o actores informados?