El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y su homólogo chino, Xi Jinping, se saludan al finalizar una reunión bilateral en la base aérea de Gimhae, en Busan (Corea del Sur), el 30 de octubre de 2025. | Andrew Harnik/Getty Images
Un giro inesperado en la política exterior
La próxima cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping, prevista para esta semana en Pekín, se desarrollará en un escenario muy distinto al que muchos anticipaban. Aunque el encuentro entre los líderes de las dos mayores potencias mundiales suele acaparar la atención global, en esta ocasión el foco está puesto en otro lugar: la guerra en Irán.
En los últimos meses, Washington ha redirigido recursos militares y atención estratégica desde Asia hacia Oriente Medio, donde el conflicto se ha prolongado más de lo esperado. Paralelamente, la administración Trump ha adoptado una postura sorprendentemente conciliadora con Pekín, evitando confrontaciones innecesarias. Este enfoque contradice las expectativas iniciales, especialmente si se considera la retórica previa del presidente sobre las guerras de elección en Oriente Medio y la supuesta prioridad de su equipo en Asia.
Las tres corrientes que definían la política exterior de Trump
Desde el inicio de su segundo mandato, la política exterior de Trump no ha seguido una doctrina clara, pero sus asesores más influyentes podían agruparse en tres grandes corrientes:
- Los «primacistas»: Defendían un papel más activo y agresivo de EE.UU. en el mundo, reforzando su influencia global.
- Los «restringidos»: Abogaban por reducir el compromiso militar de EE.UU. en el extranjero y evitar intervenciones costosas.
- Los «prioritarios» o «pro-Asia»: Consideraban que el principal desafío era el auge militar de China y, por tanto, proponían reducir la implicación en Oriente Medio y Ucrania para centrarse en el Pacífico.
Al comienzo del segundo mandato de Trump, los «prioritarios» parecían tener las de ganar. Su postura, respaldada tanto por halcones republicanos como por figuras del movimiento America First, encajaba con el consenso bipartidista sobre la necesidad de reorientar la estrategia global de EE.UU. tras dos décadas de conflictos en Oriente Medio.
Lo que nadie esperaba: el giro en la estrategia
Sin embargo, lo que pocos habrían previsto es que la administración Trump aplicaría el guion de los «prioritarios» exactamente al revés. En lugar de reducir su presencia militar en Oriente Medio, EE.UU. se ha visto inmerso en otra guerra abierta y prolongada en la región. Mientras tanto, ha adoptado una actitud notablemente flexible hacia China, desviando recursos valiosos del Pacífico.
Este cambio de rumbo quedará patente esta semana con el viaje de Trump a Pekín para la cumbre con Xi Jinping. El encuentro, inicialmente previsto para marzo, se pospuso debido al conflicto en Irán, una guerra que la Casa Blanca esperaba que hubiera terminado para estas fechas. Normalmente, una reunión entre los líderes de EE.UU. y China dominaría el debate global durante días, pero en esta ocasión, el contexto geopolítico actual relega el evento a un segundo plano.
«La política exterior de Trump en su segundo mandato ha priorizado Oriente Medio sobre Asia, un giro radical que desafía las expectativas iniciales y redefine el papel de EE.UU. en el escenario global».
¿Por qué este cambio de estrategia?
Expertos señalan que la guerra en Irán ha obligado a Washington a reasignar recursos y atención, dejando menos margen para una política exterior centrada en China. Además, la administración ha optado por una aproximación más pragmática con Pekín, evitando tensiones innecesarias en un momento de alta volatilidad internacional.
Aunque el enfoque actual difiere radicalmente de lo previsto, algunos analistas sugieren que podría ser una estrategia temporal, diseñada para ganar tiempo y estabilidad antes de retomar una política más firme hacia China en el futuro.