Hace décadas, los dibujos animados estadounidenses tenían fama de ser mediocres. Entre la programación de los sábados por la mañana, era común encontrar series como Los Snorkels o Los Get Along antes de que algo realmente memorable apareciera en pantalla. Pero cuando Jem y las Hologramas llegó a las televisiones, el listón había caído tanto que una historia sobre una cantante que engaña a su novio con un holograma alter ego parecía un prodigio. Hasta que Robotech irrumpió en 1985.
Creada por Shōji Kawamori —también padre de Diaclone, la franquicia que inspiró a Transformers—, Robotech fue una revolución. Adaptación estadounidense de Macross, esta serie de animación japonesa destacó por su narrativa serializada, personajes que morían de forma permanente y una banda sonora pop que transformaba a los alienígenas más belicosos en seres capaces de redención. Y, por supuesto, una animación que dejaba a todos boquiabiertos. Nada en la televisión estadounidense se le parecía.
Más de 40 años después, Kawamori regresa con su primer largometraje original, Labyrinth (excluyendo algunos especiales de Macross). Sin embargo, esta vez el resultado es desigual. La película, que mezcla ciencia ficción y crítica social, sigue a Shiori Maezawa (Suzuka), una adolescente insegura obsesionada con convertirse en influencer. Tras un accidente grabado y publicado sin su consentimiento por su amiga Kirara (Aoi Itō), Shiori queda expuesta al acoso masivo. La presión la lleva a un colapso emocional que la atrapa dentro de su propio teléfono: un mundo vacío dominado por pegatinas sin alma.
Peor aún, una versión alternativa de sí misma, Shiori@Revolution, ha escapado al mundo real y vive la vida que siempre soñó. En este universo distópico, las personas vierten tanto de su vida en internet —pensamientos, pasiones, datos personales— que generan un doppelgänger digital. La Shiori virtual, con su cabello arcoíris y actitud extrovertida, acumula millones de likes, mientras la Shiori real languidece en el purgatorio de su teléfono, reducida a un simple icono sin voz ni identidad.
El planteamiento recuerda al de Emoji: La película, pero sin el mismo nivel de tensión ni originalidad. Kawamori, conocido por su visión innovadora, parece haber perdido el rumbo en una historia que oscila entre lo pretencioso y lo simplista. Aunque el diseño visual mantiene su sello característico, la narrativa carece de coherencia y profundidad, diluyendo el mensaje sobre los peligros de las redes sociales en un guión confuso.
En definitiva, Labyrinth es una oportunidad perdida. Un director con un legado tan impresionante como el de Kawamori merecía algo más que una reflexión superficial sobre la fama digital. Fans del anime clásico pueden encontrar destellos de su genio, pero el público general se encontrará con una película que, como su protagonista, lucha por encontrar su lugar en un mundo cada vez más virtual.