Un biopic musical que borra las sombras de Michael Jackson

Las películas biográficas musicales modernas rara vez profundizan en la vida real de sus protagonistas. En su lugar, prefieren recrear momentos icónicos acompañados de bandas sonoras memorables. Películas como Bohemian Rhapsody, Elvis o Walk the Line convierten a sus personajes en héroes intocables, con historias simplificadas para el público general. Michael no es una excepción: sigue el mismo patrón, pero con un enfoque aún más edulcorado.

Dirigida por Antoine Fuqua y escrita por John Logan, Michael se centra en los éxitos del artista, recreando escenas clave como su debut del moonwalk en el concierto del 25º aniversario de Motown. Sin embargo, el filme ignora por completo las acusaciones de abuso sexual y los comportamientos controvertidos que marcaron la vida de Jackson. En su lugar, lo presenta como una figura casi cósmica, amada por todos excepto por su padre, Joseph, retratado como un tirano cruel y manipulador.

Una infancia marcada por la opresión

La película comienza con un Michael adulto (interpretado por Jaafar Jackson, sobrino real de Michael) reflexionando sobre su vida antes de salir a escena para promocionar Bad en 1987. A través de flashbacks, se muestra su infancia en Gary, Indiana, donde su padre, Joseph (Colman Domingo), ejerce un control absoluto sobre él y sus hermanos. La dinámica familiar es tensa: Joseph exige perfección y castiga cualquier error con castigos físicos, mientras que la madre, Katherine (Nia Long), intenta mediar sin éxito.

El joven Michael (Juliano Valdi) encuentra refugio en la música y el baile, pero su padre lo ve como un simple producto comercial. La película retrata a Jackson como un artista incomprendido, obsesionado con recuperar su infancia perdida. Se le ve coleccionando animales exóticos, memorabilia de Disney y disfrutando de helados nocturnos con su madre, todo mientras lucha por expresarse a través de su arte.

El mito de Michael: ¿héroe o víctima?

Uno de los momentos más cuestionables de Michael llega cuando el artista, tras declarar que su música podría cambiar el mundo, enciende la televisión y ve imágenes de violencia callejera entre pandillas. La película corta a un grupo de miembros de los Crips y Bloods, que, en lugar de mostrar hostilidad, quedan fascinados al ver a Jackson ensayar Beat It. La escena, cargada de idealismo, refuerza la idea de que Michael era un ser casi divino, capaz de unir a la humanidad con su arte.

Sin embargo, esta narrativa ignora por completo las contradicciones del artista. No hay mención a las acusaciones de abuso, a su excentricidad o a los problemas legales que lo persiguieron durante años. En su lugar, Michael se limita a repetir los tropos del género biográfico musical, incluso cuando la realidad los desmiente.

«Michael no es una biografía, es una hagiografía: un relato que convierte a su protagonista en un santo, ignorando por completo su complejidad humana.»

¿Por qué el público acepta esta versión?

El éxito de películas como Bohemian Rhapsody o Elvis demuestra que el público prefiere historias simplificadas, donde los ídolos musicales son presentados como héroes intachables. Michael sigue esta fórmula al pie de la letra, evitando cualquier controversia para no manchar la imagen del artista. Pero, ¿es justo para el espectador?

Al final, Michael no es más que otro ejemplo de cómo el cine contemporáneo prefiere el mito a la realidad. Una película que, en lugar de explorar la genialidad y las sombras de Jackson, opta por un relato edulcorado que solo sirve para reforzar su leyenda, sin cuestionarla.