Aliyah Pack, una estudiante de último curso de secundaria en Pensilvania, lo tiene claro: en su instituto, las distracciones son inevitables. Desde kindergarten, los alumnos usan iPads; en segundo de primaria, pasan a Chromebooks, y en octavo, cada uno recibe su propio MacBook. Para Aliyah, que padece TDAH, concentrarse frente a una pantalla se ha convertido en una misión imposible.
«Es muy difícil entrar en modo escuela cuando estás rodeada de tecnología», confiesa. En clase, mientras intenta seguir las lecciones, no puede evitar distraerse: ve Netflix en su portátil escolar, escondiendo los auriculares tras su larga melena rizada. Los resultados académicos de Aliyah han empeorado, y su madre pidió al centro que le retirara el dispositivo. La respuesta fue contundente: no era posible.
Padres contra la saturación tecnológica en las aulas
La frustración de Aliyah no es un caso aislado. En todo Estados Unidos, padres hartos del exceso de pantallas en las escuelas están presionando para que se vuelva a los métodos tradicionales: lápiz, papel y libros de texto. En el distrito de Lower Merion, un suburbio acomodado cerca de Filadelfia, la presión ha escalado hasta convertirse en una petición con más de 600 firmas. Los padres exigen que se permita a las familias optar por que sus hijos no utilicen dispositivos digitales durante el horario lectivo.
El distrito escolar, sin embargo, se resiste. En una reunión reciente del consejo escolar, los responsables dejaron claro que no contemplan la opción de excluir la tecnología, alegando que es «imprescindible» para el currículo educativo. «Para nosotros, no existe la posibilidad de prescindir de la tecnología en las escuelas», declaró Anna Shurak, miembro del consejo.
La polémica estalló cuando el distrito propuso eliminar una política que permitía a los padres optar por no usar dispositivos digitales. Más de 100 personas se congregaron para protestar, muchos portando pegatinas con el lema «Screens Down, Pencils Up» («Pantallas abajo, lápices arriba»).
¿Tecnología para enseñar o para aprender?
Los padres no rechazan la tecnología en sí, sino su uso indiscriminado. Reconocen que saber manejar herramientas digitales es una habilidad vital, pero insisten en que no debe monopolizar la enseñanza. «Aprender a usar la tecnología no es lo mismo que usar la tecnología para enseñar todo lo demás», argumentó Sara Sullivan, madre de dos hijos.
El debate en Lower Merion refleja una preocupación más amplia: ¿se ha vuelto la tecnología tan esencial en la educación que ya no hay marcha atrás? Los alumnos la emplean para jugar a juegos educativos, entregar trabajos, consultar recursos en línea e incluso redactar ensayos. Sin embargo, muchos padres cuestionan el valor real de estos programas.
Subashini Subramanian, madre de una niña de segundo de primaria, puso el dedo en la llaga. Su hija utiliza DreamBox, un software de matemáticas que premia la velocidad sobre la comprensión. Cuando intentó que su hija reflexionara más despacio, la niña le respondió: «Si hago todos los pasos, voy más lenta. Tengo que hacer clic, clic, clic».
La adicción a las pantallas traspasa las aulas
El problema no se limita al tiempo en clase. Adam Washington, otro padre, relata cómo su hijo, adicto a las pantallas, le oculta que usa el portátil del instituto para ver YouTube cuando le quita el móvil o limita el tiempo de televisión en casa. «La pantalla lo está matando», asegura.
La batalla entre padres y escuelas por el control del tiempo de pantalla en las aulas está lejos de terminar. Mientras los distritos insisten en que la tecnología es una herramienta irremplazable, las familias exigen un equilibrio que priorice el aprendizaje tradicional y el bienestar de los menores.