Cualquiera que esté familiarizado con el cine internacional reconocerá al instante el estilo de Pawel Pawlikowski en Fatherland, presentada en la competición oficial del Festival de Cannes. La fotografía en blanco y negro, el encuadre cuadrado y la ambientación europea son señas de identidad del director polaco, heredero de la austeridad poética de Robert Bresson y Carl Theodor Dreyer.
Pawlikowski consolidó su estilo con películas como Ida (2013), ganadora del Oscar, y Cold War (2018), ambas elegantes narraciones en blanco y negro que retratan una Europa Central y Occidental marcada por las secuelas de la Segunda Guerra Mundial, un conflicto que marcó profundamente a la familia del director. Fatherland, con una duración de 82 minutos, sigue esta línea, pero con un enfoque más íntimo y contenido.
La trama acompaña al escritor alemán Thomas Mann y a su hija Erika en un viaje por una Alemania dividida en 1949, un año después de la partición del país en dos bloques —Este y Oeste— y en pleno auge de la Guerra Fría. La película, más que una épica histórica, es un drama de cámara que explora la pérdida personal, las divisiones artísticas y políticas, y una pregunta recurrente en la Alemania de posguerra: ¿Dónde está ahora mi hogar?
El film también sirve como escaparate para la actuación de Sandra Hüller, una de las actrices más destacadas del cine europeo en la última década. Tras brillar en Toni Erdmann (2016) y en el doble éxito de Anatomía de una caída y La zona de interés (2023), Hüller demuestra una vez más su capacidad para transmitir emociones complejas bajo una fachada de estoicismo germánico. En Fatherland, su presencia es el eje central de un relato que oscila entre lo político y lo íntimo.
La historia, basada en un viaje real que el escritor y Nobel Thomas Mann realizó en 1949, fue inicialmente desarrollada por Edward Berger, director de Sin novedad en el frente y Cónclave. Berger optó por ceder el proyecto a un director no alemán, convencido de que así ganaría en profundidad y perspectiva. Mann viajó a una Alemania dividida para recibir un premio en honor a Johann Wolfgang von Goethe: primero en Fráncfort (Alemania Occidental) y luego en Weimar (Alemania Oriental, bajo dominio soviético), donde ambos bandos intentaron reclamarlo como símbolo de su ideología.
Aunque Fatherland no alcanza la intensidad dramática de Ida ni la ambición visual de Cold War, su brevedad y enfoque minimalista la convierten en una propuesta refrescante en un festival donde predominan los largometrajes de más de dos horas y media. Una película que, sin aspavientos, confirma el talento de Pawlikowski para retratar la historia con elegancia y sensibilidad.