El pasado mes de julio, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció un acuerdo comercial con la Unión Europea que, según las autoridades de ambos lados del Atlántico, garantizaría estabilidad a largo plazo en el comercio transatlántico. La administración Trump lo calificó como una "modernización generacional de la alianza transatlántica", mientras que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, destacó que el pacto "restablecía la estabilidad y la previsibilidad" al fijar un arancel del 15% para la mayoría de los productos europeos exportados a EE.UU., mientras que la mayoría de las importaciones estadounidenses a Europa quedarían exentas.

En esencia, Trump logró su objetivo: reducir los aranceles a las exportaciones estadounidenses y establecer un nuevo umbral permanente del 15% para los productos europeos. Por su parte, los líderes europeos creyeron haber obtenido una victoria al evitar el aumento al 25% que Trump había amenazado con imponer. Sin embargo, todo apunta a que se equivocaron.

Este viernes, Trump anunció un incremento de los aranceles a los coches fabricados en Europa hasta el 25%, una medida que, según la Ley de Expansión Comercial de 1962 (Sección 232), no está sujeta a las limitaciones impuestas por el Tribunal Supremo en febrero. Esta decisión podría costar a los fabricantes de automóviles unos 4.000 millones de dólares este año.

En un mensaje publicado en Truth Social, Trump justificó el aumento arancelario alegando que la UE "no cumple con el acuerdo comercial que ya estaba firmado". Sin embargo, el pacto aún no ha sido ratificado completamente por el Parlamento Europeo —aunque superó su principal obstáculo legislativo en marzo— y la administración Trump ni siquiera ha solicitado su aprobación al Congreso estadounidense. La confusión se agrava al recordar que, hace apenas unas semanas, altos funcionarios europeos visitaron la Casa Blanca, donde se anunció una nueva alianza estratégica para la obtención de minerales críticos. La armonía aparente se ha esfumado en cuestión de días.

La decisión unilateral de Trump ha puesto en riesgo la totalidad del acuerdo comercial y ha reavivado las tensiones entre EE.UU. y Europa. Bernd Lange, presidente del Comité de Comercio Internacional del Parlamento Europeo, tachó la medida de "inaceptable" en un mensaje en Twitter, añadiendo:

"La confianza es buena, pero contra la arbitrariedad, solo las normas claras ayudan".
Lange tiene razón: el anuncio del viernes vuelve a demostrar que ningún socio comercial puede confiar en las promesas de Trump.

Su palabra carece de valor y sus "acuerdos" son susceptibles de modificarse en cualquier momento y por cualquier motivo. ¿Quién se atrevería a negociar en serio con alguien así? Trump había prometido que su política arancelaria convencería a otros países para mejorar los términos comerciales con EE.UU. Sin embargo, el nuevo conflicto por los coches europeos evidencia que el presidente aún no comprende la importancia de los acuerdos comerciales.

El propósito fundamental de un tratado comercial es ofrecer estabilidad a empresas e individuos para planificar transacciones e inversiones. Un arancel del 15% —aunque sea inferior al 25% amenazado inicialmente— ya generaba incertidumbre. Ahora, con el aumento al 25%, la situación se ha tornado aún más impredecible. Las empresas europeas que invirtieron en EE.UU. bajo la premisa de un marco regulatorio estable se enfrentan ahora a un escenario de mayor riesgo. ¿Cómo pueden confiar en un sistema donde las reglas cambian según el capricho de un mandatario?

Este episodio no solo socava la credibilidad de EE.UU. en el escenario internacional, sino que también refuerza la percepción de que el proteccionismo de Trump carece de coherencia y estrategia. Si el objetivo era proteger la industria automotriz estadounidense, el resultado es el contrario: encarecer los coches europeos en el mercado americano perjudica tanto a los consumidores como a los fabricantes locales, que dependen de componentes importados. Además, la medida podría desencadenar represalias por parte de la UE, afectando a otros sectores clave.

En definitiva, la decisión de Trump no solo invalida su propio acuerdo comercial, sino que demuestra que, en el comercio internacional, la falta de fiabilidad tiene un precio.

Fuente: Reason