Dylan Kurtz (a la derecha) con sus padres y su hermano. Fotografía cortesía de Dylan Kurtz.
El cáncer colorrectal está aumentando entre personas menores de 50 años, lo que significa que más niños y adolescentes pueden vivir la experiencia de ver a un padre o madre enfrentarse a esta enfermedad. Dylan Kurtz, ahora con 22 años, recuerda cómo fue acompañar a su padre durante el tratamiento de cáncer de colon cuando él tenía 16. Su objetivo hoy es concienciar sobre esta enfermedad y ofrecer apoyo a otros jóvenes en situaciones similares.
Un diagnóstico inesperado
A los 16 años, en su cumpleaños de 2020, Dylan recibió una noticia que cambiaría su vida: su padre, Jonathan, comenzó la quimioterapia para tratar un cáncer de colon en fase 3. «Antes de eso, solo sabía que el cáncer de colon era un tumor en el intestino, pero no entendía realmente lo que implicaba para mi padre», explicó Kurtz a Healthline. «Sabía que podía ser mortal si no se detectaba a tiempo, pero desconocía los detalles del tratamiento y sus consecuencias».
La incertidumbre sobre el pronóstico de su padre lo abrumó al principio. «Tras hablar conmigo sobre los pasos a seguir —radioterapia seguida de meses de quimioterapia—, empecé a comprender la gravedad de la situación», añadió.
La importancia de la comunicación familiar
Ante el diagnóstico de un padre o madre con cáncer, los adolescentes pueden sentir miedo, confusión o ansiedad. Marianne Pearson, MSW, LCSW, vicepresidenta de Atención al Paciente en la Colorectal Cancer Alliance, subraya la necesidad de una comunicación honesta y adaptada a su edad. «Explicar los tratamientos, como la quimioterapia o la radioterapia, e incluso visitar el centro oncológico puede reducir el miedo», señala. «Además, el apoyo de profesionales especializados ayuda a los jóvenes a sentirse más seguros».
Jonathan, el padre de Dylan, le explicó cómo su enfermedad afectaría a toda la familia. Su madre le advirtió que, durante el tratamiento, no podrían realizar actividades que antes disfrutaban juntos, como asistir a partidos de béisbol o correr al aire libre. «Me entristeció mucho, porque esas actividades eran parte esencial de nuestro vínculo», confesó Kurtz. «Pero encontré formas de adaptarme».
Nuevas rutinas y responsabilidades
Como consecuencia de los tratamientos, Jonathan quedó inmunodeprimido, lo que obligó a la familia a modificar sus hábitos para evitar contagios, especialmente durante la pandemia de COVID-19. Las carreras al aire libre se convirtieron en momentos de tranquilidad en casa, y los viajes a partidos de béisbol se transformaron en la construcción de puzzles de 1.000 piezas con estadios de béisbol. «Algunos de esos puzzles aún decoran mi habitación y el despacho de mi padre», cuenta Kurtz. «Fue una actividad que él podía hacer durante el tratamiento, y nos permitió pasar tiempo juntos en silencio, pero de una manera positiva».
Dylan también asumió nuevas responsabilidades en el hogar, como cocinar, limpiar y cuidar de su hermano mayor, Steven, quien tiene autismo. Ante la cancelación de los campamentos de verano en 2020, creó su propio «Campamento Kurtz» para mantener a su hermano ocupado y entretenido. «Lo organizaba todo yo mismo», recuerda. «Era una forma de mantenernos activos y unidos como familia».
Un legado de resiliencia y concienciación
Ahora, a los 22 años, Dylan Kurtz utiliza su experiencia para educar a otros jóvenes sobre el cáncer colorrectal y ofrecer recursos para afrontar estas situaciones. Su historia destaca la importancia de la comunicación abierta en la familia y la adaptación a los cambios que trae consigo una enfermedad como esta.