Un equipo de investigadores de la Escuela de Medicina de Harvard ha dado un paso significativo hacia el tratamiento del síndrome de Down mediante la técnica de edición genética CRISPR. Según un estudio publicado este mes, los científicos lograron silenciar el cromosoma 21 extra, responsable de esta condición genética, en células humanas en laboratorio.

Aunque el avance es preliminar y aún no se ha probado en pacientes, los investigadores consideran que este hallazgo «allana el camino para futuras terapias». El síndrome de Down, que afecta a aproximadamente 1 de cada 700 nacimientos en todo el mundo, se caracteriza por discapacidad intelectual, retrasos en el desarrollo, problemas cardíacos y un mayor riesgo de desarrollar Alzheimer.

Paralelamente, otro avance en el ámbito de la genética ha demostrado resultados prometedores en el tratamiento de la sordera congénita. Investigadores de Regeneron Pharmaceuticals presentaron la semana pasada una terapia génica que repara un gen defectuoso. En el ensayo clínico, el 80% de los participantes, con edades comprendidas entre los 10 meses y los 16 años, experimentaron una mejora significativa en la audición. Además, el 42% logró recuperar una audición normal, incluyendo la capacidad de percibir susurros. La FDA ya ha aprobado este tratamiento.

CRISPR y sus aplicaciones en enfermedades genéticas

La técnica CRISPR no es nueva en el tratamiento de enfermedades genéticas. Recientemente, se ha utilizado con éxito en patologías como la anemia falciforme y un raro trastorno metabólico del ciclo de la urea, que provoca la acumulación peligrosa de amoníaco en la sangre. Sin embargo, su aplicación en el síndrome de Down plantea desafíos únicos debido a la complejidad del cromosoma 21 y su impacto en múltiples sistemas del organismo.

Implicaciones éticas y sociales

El desarrollo de terapias génicas como CRISPR abre un debate ético fundamental. Actualmente, alrededor del 67% de las mujeres en Estados Unidos que reciben un diagnóstico prenatal de síndrome de Down optan por interrumpir el embarazo. Si en el futuro se pudiera aplicar esta técnica en fetos, ¿cambiarían estas estadísticas?

«Las terapias génicas para condiciones como la sordera, el enanismo o la ceguera pueden transmitir y perpetuar una visión negativa sobre las personas con discapacidad», advierte Felicity Boardman, bioeticista de la Universidad de Warwick. «La discapacidad no disminuye el valor moral de una persona, y gracias a la lucha de los movimientos por los derechos de las personas con discapacidad, se han logrado avances significativos en la inclusión social».

Sin embargo, el éxito de tratamientos como el de Regeneron para la sordera demuestra que muchas personas con discapacidades específicas —y sus familias— buscan activamente soluciones cuando estas están disponibles. Por ejemplo, más de 315.000 estadounidenses sordos han optado por implantes cocleares para recuperar la audición. También se están desarrollando terapias génicas para la ceguera.

En el caso de los niños tratados con la terapia de Regeneron, fueron sus padres quienes dieron el consentimiento informado. Pero, ¿qué ocurre con los adultos que pueden decidir por sí mismos? La posibilidad de aplicar CRISPR en personas con síndrome de Down adultos plantea preguntas sobre autonomía, consentimiento y la percepción social de la discapacidad.

El camino hacia el futuro

Aunque los avances en edición genética son prometedores, los expertos advierten que aún queda un largo camino por recorrer. «Estamos en una fase muy temprana de investigación», señala uno de los autores del estudio de Harvard. «Se necesitarán años de ensayos clínicos rigurosos antes de que cualquier terapia basada en CRISPR pueda estar disponible para pacientes».

Mientras tanto, el debate sobre el equilibrio entre el progreso científico y la ética sigue abierto. ¿Deberían estas tecnologías centrarse en curar enfermedades o en mejorar la calidad de vida de quienes ya viven con ellas? Solo el tiempo —y la sociedad— darán respuesta a estas preguntas.

Fuente: Reason