Estaba sentada en mi coche, mirando la puerta de un centro de salud mental comunitario. Dudaba si entrar. Si alguien me hubiera visto, habría pensado que era una paciente luchando por afrontar sus problemas psicológicos. Pero no lo era. Yo era la terapeuta que no encontraba el valor para cruzar esa puerta.
Dos meses antes, mi marido había fallecido de forma inesperada a los 26 años. Tras tres días de permiso por duelo, no estaba en condiciones de volver al trabajo. Afortunadamente, mi médico me diagnosticó un trastorno de estrés agudo y me dio dos meses de baja laboral por incapacidad temporal. Aunque no me sentía preparada para regresar, la hipoteca no entendía de sentimientos.
En ese momento de duda, recordé el mismo consejo que durante décadas había dado a mis pacientes: "No tienes que sentirte fuerte para serlo. Solo debes centrarte en lo que hay que hacer ahora". Así que salí del coche y entré en la oficina para enfrentarme a la jornada laboral.
Mi situación no es única. En algún momento, la mayoría debemos seguir adelante en el trabajo aunque nuestra vida se desmorone. De hecho, son precisamente esos momentos difíciles cuando más necesitamos el sueldo y los beneficios laborales. Sin embargo, rara vez hablamos de cómo mantener la profesionalidad cuando los problemas personales nos abruman.
Como terapeuta que lo ha vivido, puedo asegurar que es posible cumplir con tus obligaciones laborales incluso cuando enfrentas circunstancias personales estresantes, siempre que cuentes con estrategias fiables para superar cada día. Al igual que un buen entrenador entra en el partido con un plan de juego, tú necesitas un plan de acción laboral que te ayude a mantener la fortaleza mental cuando no sabes cómo superar el momento.
Tres estrategias de fortaleza mental que me salvaron ese día
Estas son las mismas técnicas que utilicé entonces y que sigo aplicando hoy:
1. Programa tiempo para preocuparte
Tras quedarme viuda, tenía mil cosas de las que preocuparme: ¿Cómo pagaría las facturas ese mes? ¿Cuándo encontraría tiempo para cambiar el aceite del coche? ¿Y si ese ruido de la caldera significaba que se había estropeado? Así que decidí programar tiempo para preocuparme cada día como estrategia proactiva.
Una vez que mi cerebro tuvo permiso para preocuparse, los pensamientos ansiosos dejaron de interrumpir mi concentración. Nuestra tendencia natural a reprimir los pensamientos preocupantes suele tener el efecto contrario: cuanto más intentamos apartarlos, más frecuentes e intrusivos se vuelven.
En lugar de luchar contra la preocupación, programa un espacio para ella. Reserva 15 minutos al día, siempre a la misma hora y en el mismo lugar, e inclúyelo en tu calendario. Cuando llegue ese momento, siéntate y deja que tu mente divague sin límites. Cuando pasen los 15 minutos, levántate y haz otra cosa. Si una preocupación surge fuera de ese horario, recuerda: "Ahora no es el momento de preocuparse".