El pasado 10 de abril, la residencia de Sam Altman, CEO de OpenAI, fue atacada con un cóctel molotov por Daniel Moreno-Gama, un joven de 20 años. El detenido ese mismo día había publicado un manifiesto en el que advertía sobre la amenaza existencial de la inteligencia artificial y abogaba por eliminar a los directivos de empresas tecnológicas. En su perfil de Instagram, se autodenominaba «yihadista butleriano», en referencia a la lucha contra las máquinas en la saga Dune de Frank Herbert.
Tres días antes, en Indianápolis, un desconocido disparó 13 veces contra la casa del concejal demócrata Ron Gibson mientras su hijo de 8 años se encontraba dentro. Afortunadamente, nadie resultó herido, pero en la puerta quedó una nota con el mensaje: «Nada de centros de datos». Gibson había apoyado públicamente un proyecto de construcción de un centro de datos en su distrito. Hasta ahora, no se ha detenido a ningún sospechoso.
Ambos incidentes son ejemplos alarmantes de violencia política, pero la reacción en redes sociales no fue de rechazo, sino de apoyo. Este clima se intensificó el 13 de abril, cuando la Universidad de Stanford publicó su Índice de Inteligencia Artificial 2024, que compara las expectativas de los expertos con la percepción pública. Los resultados revelan una división preocupante:
- El 73% de los expertos considera positivo el impacto a largo plazo de la IA en el empleo, frente al 23% del público general.
- El 69% de los expertos ve con optimismo su efecto en la economía, mientras que solo el 21% de la población comparte esa visión.
- El 65% de los estadounidenses cree que la IA destruirá más empleos que los que creará en los próximos 20 años.
Un estudio de Gallup de marzo de 2024 refuerza esta tendencia: el porcentaje de jóvenes de la Generación Z que se sienten entusiasmados con la IA ha caído del 36% al 22%, mientras que los que expresan indignación han aumentado del 22% al 31%.
Según la periodista Jasmine Sun, este fenómeno refleja un rechazo populista hacia la IA, vista no solo como una tecnología, sino como «un proyecto político de élite, impuesto por multimillonarios desconectados a una sociedad que lo rechaza».
La violencia nunca es justificable, pero tampoco se puede ignorar cómo la comunicación pública de la industria tecnológica ha alimentado este malestar. Durante años, líderes como Altman o Dario Amodei, CEO de Anthropic, han alternado entre dos narrativas extremas: desde el apocalipsis por armas biológicas hasta la destrucción masiva de empleos o la precarización laboral en la economía gig. Mensajes que, aunque útiles para captar inversores, ignoran por completo las preocupaciones cotidianas de la mayoría de los ciudadanos.