Una noche de abril en Cumberland, Maine, el asfalto húmedo se convirtió en el escenario de un fenómeno natural único. Bajo un cielo cubierto de nubes, el aire se llenó de sonidos agudos y guturales: el coro de cientos de anfibios que iniciaban su migración anual. Lo que comenzó como unos pocos chirridos se transformó en un estruendo de croares y cloqueos, atrayendo la atención de decenas de voluntarios que, equipados con chalecos reflectantes y linternas, se lanzaron a las carreteras para guiar a las criaturas hacia su destino.
Entre ellos, una niña con un impermeable amarillo sostenía con cuidado una salamandra de manchas amarillas de unos 23 centímetros de largo. «¡Tengo una grande!», gritó, mientras otros voluntarios se acercaban para observar el hallazgo. Cada año, en Nueva Inglaterra, la primera noche cálida y húmeda de primavera —cuando el suelo se ha descongelado y las temperaturas son ideales— millones de anfibios emergen de los bosques para dirigirse a las charcas vernaless, donde depositan sus huevos. Su viaje, guiado por instintos ancestrales, está lleno de peligros, especialmente en carreteras transitadas.
El cambio climático altera un ritual milenario
«Están llamando a los que aún están en el bosque, diciéndoles que vengan», explicó Penny Asherman, líder de la Chebeague and Cumberland Land Trust. Durante la última década, el evento conocido como «La Gran Noche» («Big Night») ha movilizado a voluntarios que, al primer aviso, abandonan sus planes para proteger a estos animales. Sin embargo, el cambio climático está desestabilizando este ciclo natural. Las migraciones se vuelven menos predecibles, los humedales se reducen y el viaje se vuelve más peligroso para las especies que dependen de estos ecosistemas.
Ante este desafío, los voluntarios han pasado de ser simples «guardianes de cruce» a científicos ciudadanos. Desde 2018, la organización Big Night Maine coordina esfuerzos para recopilar datos precisos sobre el momento en que los anfibios emergen y su supervivencia. Este año, más de 1.200 observadores en 650 puntos de migración en todo el estado enviaron registros detallados. Uno de ellos es Tim Kaijala, quien lleva siete años participando junto a sus hijos, Theo (10 años) y Kai (8 años). «Lo que empezó como llevar ranas y salamandras al otro lado de la carretera ahora es más sobre contar y registrar», comentó Kaijala mientras sus hijos observaban a una rana de bosque que habían ayudado a cruzar, nadando en una charca cristalina.
Ciencia ciudadana para proteger el futuro de los anfibios
Los datos recopilados por los voluntarios están transformando la forma en que las comunidades abordan la infraestructura. «Estamos viendo cómo el cambio climático afecta a estas especies y qué medidas podemos tomar», señaló Asherman. Entre las soluciones que se estudian están la instalación de alcantarillas más seguras, la señalización adecuada y la adaptación de los horarios de mantenimiento vial para evitar interferir con las migraciones.
Para los Kaijala, la experiencia va más allá de la ciencia. «Es una tradición familiar», dijo Kai, recordando una noche en la que Theo encontró una salamandra especialmente grande. «¡Ah, sí!», respondió su hermano, sonriendo mientras recordaba el momento. Mientras tanto, en las carreteras de Maine, la «Gran Noche» sigue siendo un recordatorio de cómo la colaboración humana puede marcar la diferencia en la conservación de la naturaleza.