La reciente adaptación de Netflix de El señor de las moscas, basada en la novela de William Golding, ha reavivado el debate sobre qué ocurre cuando un grupo de niños queda aislado en una isla desierta. Sin embargo, existe una historia real que desafía por completo la narrativa de caos y violencia que popularizó la ficción.
En 1965, seis adolescentes tonganos —todos amigos de un estricto colegio católico— decidieron escapar de su realidad aburrida y robaron un bote para navegar hasta alta mar. Lo que comenzó como una aventura terminó convirtiéndose en una odisea de 15 meses en la isla deshabitada de 'Ata, en el Pacífico. Pero, a diferencia de los personajes de Golding, estos jóvenes no cayeron en la barbarie. Al contrario: demostraron que la cooperación y la organización pueden prevalecer incluso en las circunstancias más extremas.
Una historia de supervivencia y solidaridad
Tras perder el timón y la vela en una tormenta, los chicos llegaron a 'Ata, una isla que había sido abandonada décadas antes tras un ataque esclavista en 1863. En lugar de entregarse al caos, se organizaron para sobrevivir. Construyeron refugios con hojas de coco, establecieron turnos para mantener el fuego encendido, cultivaron plátanos y, lo más llamativo, realizaron funerales simbólicos por las aves que cazaban para alimentarse.
Uno de los jóvenes, Sione Filipe Totau, relató a Vice cómo se repartieron las tareas: «El siguiente paso fue construir una pequeña casa. Yo sabía tejer hojas de coco, así que las usamos para hacer las paredes. Luego organizamos un calendario: turnos para mantener el fuego, rezar y cuidar los plátanos. Trabajábamos como si fuéramos a quedarnos allí para siempre».
Cuando uno de ellos se fracturó una pierna, los demás lograron entablillarla y, contra todo pronóstico, el chico se recuperó. La disciplina y el respeto mutuo fueron clave en su supervivencia.
El contraste con la ficción de Golding
Mientras que El señor de las moscas presenta a niños que se deshumanizan rápidamente, la historia real de los náufragos de Tonga muestra lo contrario. No hubo violencia, ni jerarquías opresivas, ni sacrificios rituales. En su lugar, hubo cooperación, respeto y una estructura social improvisada pero funcional.
El psicólogo Peter Gray, citado en el libro Humankind: A Hopeful History de Rutger Bregman, subraya que la narrativa de Golding es una ficción y que, en la realidad, los niños —y los seres humanos en general— tienden a organizarse y ayudarse mutuamente en situaciones extremas. «No podemos usar esta historia como excusa para limitar la libertad de los niños», afirma Gray. «No es inevitable que caigan en la barbarie».
El regreso a casa: un final inesperado
Tras más de un año en la isla, los jóvenes avistaron un barco a una milla de la costa. Nadaron hasta él y, cuando subieron a bordo, el primero en presentarse dijo: «Soy de Tonga». El capitán australiano del barco, sorprendido, contactó con las autoridades y, en solo 20 minutos, confirmaron su identidad: eran los niños que habían sido dados por muertos meses atrás. Sus familias ya habían celebrado funerales por ellos.
La historia de los náufragos de Tonga, documentada en el libro de Bregman, es un recordatorio de que la bondad humana y la capacidad de organización son más fuertes que el mito del caos. Sin embargo, su relato sigue siendo poco conocido en comparación con la novela de Golding, que lleva décadas siendo lectura obligatoria en escuelas de todo el mundo.