El contraste entre el cielo y la carretera

En Estados Unidos se registran, de media, 11 choques de tráfico cada minuto. Para cuando termines de leer esta frase, habrán ocurrido varios accidentes en el país, algunos con víctimas mortales. En cambio, en la aviación civil estadounidense, los accidentes anuales rondan los 1.200, y la mayoría no son fatales.

La diferencia no radica en la tecnología de los vehículos, sino en cómo se gestiona el espacio. Mientras que en el cielo 5.500 aviones vuelan simultáneamente en horas punta con un sistema de seguridad diseñado para evitar colisiones, en tierra más de 280 millones de vehículos comparten calles, cruces y carreteras sin una comunicación sistémica.

La raíz del problema: infraestructuras sin inteligencia

El error no está en los conductores ni en los coches, sino en el diseño de las infraestructuras. Los cruces son entornos caóticos donde conviven coches, camiones, ciclistas y peatones bajo variables infinitas: clima, distracciones, infraestructuras envejecidas o peatones imprudentes. No hay un sistema que obligue a comunicarse entre sí.

Quien haya esperado en un semáforo congestionado sabe lo que es aceptar la incertidumbre como algo normal. En el aire, en cambio, ningún avión opera en solitario. Desde el control de tráfico aéreo hasta los sistemas para drones, la seguridad se basa en la conectividad y el intercambio constante de información.

Lección de la aviación: comunicación obligatoria y diseño compartido

En 2018, perdí a un familiar en un accidente de tráfico. Esa pérdida me llevó a una pregunta: ¿por qué aceptamos en las carreteras un nivel de mortalidad que nunca toleraríamos en el cielo?

La respuesta está en cómo se construye la seguridad. En aviación, los aviones comparten su posición y trayectoria en tiempo real mediante sistemas estandarizados. Los planes de vuelo y las normas operativas permiten al sistema anticipar conflictos y resolver riesgos antes de que las trayectorias se crucen. Esa conciencia compartida es la razón por la que los casi accidentes aéreos rara vez terminan en tragedia.

¿Por qué la aviación lo tiene más fácil?

Durante mis años de investigación en el MIT, trabajando con la NASA y la Armada de EE.UU. en sistemas autónomos, quedó claro que ningún avión opera en aislamiento. Tanto en el control aéreo tradicional como en los nuevos sistemas para drones, la seguridad no es un añadido posterior, sino un pilar desde el diseño inicial.

Los aviones transmiten su posición, velocidad y ruta a través de sensores y protocolos comunes. La infraestructura terrestre procesa esta información para crear una imagen en tiempo real del espacio aéreo. Así, humanos y sistemas automatizados pueden detectar conflictos con antelación, coordinar decisiones y mitigar riesgos antes de que ocurra lo inevitable.

La solución para las carreteras: inteligencia en la infraestructura

Si hemos logrado que aviones que vuelan a cientos de kilómetros por hora operen con casi cero colisiones, ¿por qué no aplicar el mismo principio a las calles, donde la velocidad es menor?

La mayoría de los sistemas de tráfico actuales reaccionan después de que algo sale mal. Lo que necesitamos son infraestructuras con inteligencia predictiva integrada: sensores y modelos de IA que vean los cruces y carreteras, entiendan las interacciones entre vehículos, peatones y ciclistas, y anticipen riesgos antes de que ocurran.

No se trata de depender solo de que los conductores sean más precavidos, sino de construir un sistema que proteja incluso cuando falla la atención humana. La tecnología ya existe; lo que falta es voluntad política y diseño sistémico.

«La seguridad no debería ser opcional. Si en el cielo exigimos comunicación obligatoria, en tierra también debemos hacerlo. La vida de las personas no puede depender de la suerte.»