La directora Jane Schoenbrun ha creado en Teenage Sex and Death at Camp Miasma un universo cinematográfico que desafía cualquier descripción. No es solo una película que se ve: es una visión que se apodera del espectador, sumergiéndolo en un mundo hipnótico y perturbador donde lo grotesco y lo poético colisionan sin piedad.
En este escenario, los asesinos de películas slasher lanzan a sus víctimas contra postes de *tetherball* hasta hacerlas explotar. Los cuerpos yacen en las paredes de una videoteca, cubiertos de un material que recuerda al aislamiento de fibra de vidrio. Una escena muestra a Gillian Anderson, con una sensualidad inquietante, sosteniendo un cuerno de la abundancia repleto de comida de KFC frente a una chimenea encendida. Pero más allá del caos visual, Schoenbrun teje una crítica mordaz: desde la transfobia en el cine de terror hasta la hipocresía de Hollywood, que solo abraza narrativas "progresistas" cuando le conviene.
Un portal a universos alternativos
Schoenbrun, reconocida por su habilidad para construir mundos digitales en obras como I Saw the TV Glow o We’re All Going to the World’s Fair, define estos espacios como "universos alternativos privados" donde las personas encuentran refugio y visibilidad que el mundo real les niega. En Teenage Sex and Death at Camp Miasma, profundiza en esta dualidad: la necesidad trágica de estos espacios frente a la belleza de su realidad.
La película plantea preguntas incómodas: ¿Qué ocurre con estos universos cuando, por fin, nos sentimos cómodos en nuestros cuerpos? ¿La resurrección siempre exige una muerte previa? ¿Existe un momento en la vida en el que ya es demasiado tarde para transformarse? Lo extraordinario es que Schoenbrun logra entrelazar estas reflexiones con suficientes elementos de género —desde el terror hasta lo grotesco— para hacer la experiencia no solo digerible, sino profundamente provocadora.
Hollywood y la explotación de lo queer
La trama arranca con fuerza. Kris (Hannah Einbinder), una cineasta emergente, es contratada para dirigir un *reboot* de la saga Camp Miasma, un clásico slasher con un pasado transfóbico. Su contratación cumple un doble propósito: Hollywood necesita reutilizar franquicias antiguas, y al elegir a una directora LGBTQ+, el estudio intenta apaciguar las críticas por revivir un material problemático.
Con la canción Nightswimming de Okay Kaya de fondo, la película nos sumerge en la historia de Camp Miasma a través de merchandising, recortes de prensa y otros objetos que muestran cómo una obra de culto se convierte en un producto masivo y mediocre en cuestión de secuelas. Juegos de mesa y cómics satíricos reflejan la rapidez con la que Hollywood convierte el arte en mercancía.
Un encuentro cargado de simbolismo
Kris busca darle un papel en el *reboot* a Billy Presley (Gillian Anderson), la actriz que interpretó a la última superviviente en la primera película de la saga. La cineasta se reúne con ella en el campamento abandonado donde se rodaron las películas originales. Al principio, la conversación es incómoda, pero pronto se revela una conexión más profunda entre ambas, más allá de lo profesional. ¿Qué secretos esconde Billy? ¿Qué lecciones puede enseñarle Kris sobre el cine, la identidad y la supervivencia?
"Schoenbrun no solo crea una película, sino un espejo en el que el espectador se ve obligado a enfrentarse a sus propias contradicciones y anhelos."
Crítica social y surrealismo visual
La película no se limita a ser un ejercicio de terror o una sátira de Hollywood. Es una reflexión sobre la identidad, la explotación y la búsqueda de un espacio propio en un mundo que constantemente nos niega. Schoenbrun utiliza el género para explorar temas como la transfobia, la comercialización del arte y la búsqueda de la autenticidad en un mundo cada vez más digitalizado.
Con una estética que oscila entre lo kitsch y lo sublime, Teenage Sex and Death at Camp Miasma es una obra que desafía al espectador a mirar más allá de lo evidente. No es una película fácil de digerir, pero es precisamente esa incomodidad lo que la hace necesaria. En un cine donde lo convencional domina, Schoenbrun apuesta por lo extraño, lo visceral y lo profundamente humano.