La nueva obra de David Lindsay-Abaire, «Los Balustres», estrenada este martes en el Samuel J. Friedman Theatre del Manhattan Theatre Club (MTC), presenta un elenco de diez actores que refleja una diversidad racial y de género notable. Sin embargo, a pesar de incluir representaciones de múltiples etnias y orientaciones sexuales, la obra omite a ciertos grupos, como la comunidad asexual o los pueblos inuit-yupik-aleutianos, conocidos anteriormente como esquimales.

La trama gira en torno a una mujer negra (Anika Noni Rose) que compra una casa en un barrio en proceso de gentrificación. La comunidad está regida por una poderosa asociación de vecinos que incluye a una lesbiana asiática (Jeena Yi), un hombre negro gay (Carl Clemons-Hopkins), una mujer judía (Margaret Colin), un hombre latino (Ricardo Chavira), una persona no binaria (Kayli Carter) y dos personas blancas mayores (Marylouise Burke y Richard Thomas). Un tercer personaje blanco (Michael Esper), con un papel menor, irrumpe en escena para proclamar: «¡Mi esposa es judía! Mi hijo fue adoptado de Etiopía y mi hija de Colombia. Mi hermano es gay y su pareja es de Bután. ¡Deberíais venir a mi casa en Acción de Gracias, es como la maldita ONU!»

Esta declaración, cargada de ironía, resume el tono de la obra: una sátira que, según Lindsay-Abaire, busca reflejar los prejuicios y sensibilidades de una sociedad cada vez más polarizada. Sin embargo, en su afán por incluir diversidad, la obra también deja cabos sueltos. Por ejemplo, se menciona a musulmanes —aunque solo a través de la infidelidad de un personaje—, pero se ignora por completo al cristianismo, la religión con más seguidores en el mundo.

El título de la obra, «Los Balustres», hace referencia a las columnas o pilares que forman los pasamanos de una escalera o barandilla. En este caso, la controversia surge cuando una vecina con movilidad reducida instala un balustre históricamente incorrecto en una rampa accesible para sillas de ruedas. A pesar de las diferencias de raza, género, edad, etnia o religión, los vecinos —todos privilegiados— votan por imponerle una multa.

La obra, de 105 minutos y sin interrupción, se convierte en un campo minado de sensibilidades donde cada personaje, en mayor o menor medida, termina cometiendo un desliz que ofende a alguien. Lindsay-Abaire explota el humor conservador, con chistes que ridiculizan la corrección política y que, sorprendentemente, encuentran mayor aceptación en el público del MTC, un teatro con una audiencia tradicionalmente progresista.

La dirección de Kenny Leon aporta equilibrio al reparto, dando a los personajes secundarios el protagonismo necesario para que sus críticas duelan sin llegar a ser hirientes. Sin embargo, la falta de indicación de pronombres en los programas de mano refleja, una vez más, la ambigüedad de la obra en su tratamiento de la diversidad.

Fuente: The Wrap