El declive de las protestas universitarias
Cada vez que ocurre un hecho grave en el mundo, algunos analistas repiten la misma pregunta: ¿dónde están las protestas estudiantiles? La respuesta no es que los jóvenes hayan perdido interés, sino que las universidades y el gobierno han actuado para evitar que se manifiesten.
La represión institucional
Entre la primavera y el otoño de 2024, el número de protestas en campus universitarios cayó un 64%. Tras la reelección de Donald Trump, la situación empeoró: las universidades endurecieron sus políticas de censura, prohibiendo el uso de megáfonos, instrumentos musicales y limitando las concentraciones a horarios específicos. Incluso el profesorado enfrenta consecuencias legales por apoyar las movilizaciones.
Persecución a estudiantes y académicos
Algunas universidades, como la de California en Berkeley, entregaron información personal de estudiantes al gobierno federal para evitar sanciones. Otros centros educativos, como la Universidad de la Ciudad de Nueva York o la Universidad de Nueva York, prohibieron a los estudiantes críticos con Israel que hablaran en sus graduaciones.
Estudiantes como Mahmoud Khalil y Rumeysa Ozturk fueron detenidos por ICE, mientras que otros, como Momodou Taal, huyeron del país para evitar la deportación. En Swarthmore, alumnos aún enfrentan juicios penales por su participación en campamentos de protesta de hace dos años.
El riesgo para estudiantes inmigrantes
Los estudiantes extranjeros son los más vulnerables: una publicación crítica sobre Israel, Palestina o el conflicto en Gaza puede costarles su residencia permanente. Esta presión ha reducido la visibilidad de las protestas, pero no las ha eliminado por completo.
Las protestas que resisten
El pasado 24 de abril, decenas de estudiantes del Occidental College irrumpieron en el campus con banderas palestinas y montaron tiendas similares a las que se usaron en Columbia. Aunque menos visibles, las movilizaciones continúan, especialmente en torno a la causa palestina.
«No es que los estudiantes hayan dejado de protestar, sino que el sistema ha hecho todo lo posible para que no lo hagan».
Conclusión
La reducción de las protestas no refleja un desinterés juvenil, sino una estrategia de control institucional. Mientras las universidades y el gobierno mantengan estas políticas represivas, la disidencia estudiantil seguirá siendo silenciada, pero no desaparecida.