El Festival de Cannes 2026 arrancó con una propuesta cinematográfica que, como la feria decadente en la que se desarrolla, es desigual, caótica y, contra todo pronóstico, sorprendentemente entretenida. ‘El beso eléctrico’, dirigida por Pierre Salvadori, no fue la gran estrella de la noche inaugural —ese honor recayó en Peter Jackson, galardonado con el Palme d’Or honorífico—, pero su mezcla de melodrama, comedia, tragedia y romance logró cautivar al público con un equilibrio incómodo pero cautivador.

La película se suma a una tradición reciente del festival: en los últimos años, las cintas encargadas de abrir el evento han ofrecido destellos de placer esporádicos, aunque rara vez han sido consideradas entre lo mejor de cada edición. Ejemplos como ‘Déjame un día’ de Amélie Bonnin (2025), ‘La segunda toma’ de Quentin Dupieux, Jeanne du Barry de Maïwenn, ‘Montaje final’ de Michel Hazanavicius o ‘Annette’ de Leos Carax confirman esta tendencia.

Una feria de sueños rotos en la Francia de 1928

La trama de ‘El beso eléctrico’ se desarrolla en el París de 1928, donde una feria ambulante promete emociones y maravillas, pero tras su fachada pintoresca y estilizada se esconden rostros de fatiga y desilusión. Entre los personajes que deambulan por este mundo artificial destaca Suzanne (Anaïs Demoustier), una mujer envuelta en una capa roja que avanza con una expresión entre la indiferencia y la derrota.

Como atracción estrella del espectáculo, Suzanne interpreta a ‘Venus Electrificata’, un número en el que los espectadores pagan por besarla. Al contacto, una descarga eléctrica recorre su cuerpo, creando la ilusión de un amor instantáneo. Sin embargo, detrás de este truco se esconde una realidad cruel: Suzanne fue vendida por su familia a los 15 años y, por unos míseros francos semanales, soporta quemaduras constantes en las manos. Su salario, tras descontar gastos, apenas supera los nueve francos.

Para aliviar el dolor, Suzanne roba opio de la caravana de Claudia (Claudia Draghi), una supuesta medium que realiza sesiones de espiritismo. Pero su vida da un giro cuando conoce a Antoine (Pio Marmaï), un artista en duelo que le ofrece dinero a cambio de contactar con su difunta esposa, Irene. Sin habilidades reales, Suzanne finge ser una medium, utilizando los trucos aprendidos al espiar a Claudia.

Engaños, dolor y redención

‘El beso eléctrico’ es, ante todo, una película sobre capas de engaño. Suzanne no solo finge ser Claudia, sino que también simula ser una medium talentosa, mientras Antoine, incapaz de superar la pérdida de su musa, se aferra a cualquier esperanza, por falsa que sea. La cinta explora cómo el dolor puede nublar el juicio y cómo la desesperación lleva a las personas a buscar consuelo en lo imposible.

Salvadori construye una narrativa que oscila entre lo grotesco y lo poético, con un tono que recuerda al realismo mágico. La fotografía, cuidadosamente estilizada, contrasta con la crudeza de las situaciones, creando una atmósfera que es a la vez hermosa y perturbadora. Aunque la película no está exenta de irregularidades, su fuerza radica en la capacidad de conmover y provocar reflexión, incluso en medio del caos.

«Una comedia romántica incómoda que, como la feria en la que se desarrolla, no es perfecta, pero logra atrapar al espectador con su mezcla de humor negro, tragedia y humanidad».

Un reparto que da vida a personajes complejos

El elenco de ‘El beso eléctrico’ brilla en sus interpretaciones, especialmente Anaïs Demoustier, cuya Suzanne transmite una mezcla de vulnerabilidad y resiliencia. Pio Marmaï, por su parte, encarna a Antoine con una profundidad que evoca tanto la desesperación como la esperanza. Juntos, logran dar credibilidad a una historia que, en otras manos, podría haber caído en el ridículo.

La película, aunque no sea la gran revelación de Cannes, demuestra que el festival sigue siendo un espacio donde el cine arriesgado y poco convencional tiene cabida. ‘El beso eléctrico’ no es una obra maestra, pero su audacia y su capacidad para emocionar la convierten en una propuesta digna de atención.

Fuente: The Wrap