El recuerdo de aquel día en el juzgado ya no le produce el mismo dolor. Han pasado tantos años que ahora puede observarlo con distancia, incluso con cierta compasión. Aquellos personajes, antes tan cercanos, ahora le parecen figuras distantes de una novela ajada: jóvenes, egoístas y superficiales, incapaces de entender el mundo que habitaban. No siente el impulso de perdonarlos, porque en el fondo sabe que ella también fue así.
Pero hoy no está en el tribunal. Está sentada sobre una roca de pizarra en un parque urbano, un fragmento de tierra que ha resistido durante quinientos millones de años. La mujer, de más de setenta, lleva un vestido morado desgastado, de algodón indio, casi del mismo tono que las grietas de la pizarra que la sostiene. El glaciar que alguna vez cubrió este lugar se ha derretido, dejando su huella en la roca y en ella misma.
Ha sobrevivido a su propia violencia. Y ahora, quizá, esté a punto de contar una historia.